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viernes, octubre 01, 2010

Memoria Proletaria 15: Sesenta y ocheros

Introducción

Hasta cierto punto la frase: “dos de octubre no se olvida”, se ha convertido más en un elemento del folclor mexicano que en una consigna de lucha. El objetivo original era crear una conciencia en la sociedad mexicana sobre el autoritarismo imperante. Sin embargo, pese a la animadversión que despertó el régimen el objetivo fijado en la consigna referida, la condena a la masacre de Tlatelolco varía en intensidad según los vaivenes de la correlación de fuerzas. Cuando la izquierda revolucionaria se encuentra en mejores condiciones las voces que claman por acabar con la impunidad son más notorias. Pero en los momentos en que las derechas están más fortalecidas resaltan más los altercados generados por el porrismo estudiantil. En cierta medida este tema de la desmemoria lo abordé hace doce años, aún como estudiante de preparatoria, en un breve texto para el periódico mural escolar. En aquella oportunidad hice la crítica sobre la manera abstracta en que se aborda el movimiento social de 1968. Ello debido a que por una parte se reduce todo a los eventos del 2 de octubre en la plaza de las Tres Culturas de Tlatelolco. Por el otro lado, se suele presentar como un movimiento exclusivamente estudiantil, algo completamente falso que es rápidamente desmentido por la propia composición de las víctimas de la masacre reconocidas oficialmente. Finalmente, se difunde la imagen de un fenómeno que solamente ocurrió en México, que careció de cualquier otro referente a escala internacional. Convenientemente se omiten o reducen a su mínima expresión las referencias a la serie de movimientos que estallaron en ese mismo año. Desde la Primavera de Praga hasta la lucha contra la segregación racial en los Estados Unidos fueron hechos que influyeron decididamente en la conciencia del movimiento popular en México.

Para ilustrar de manera más clara lo anterior, en la presente oportunidad, a un día de conmemorar el 42 aniversario de la masacre del 2 de octubre, resulta más que pertinente hacer una reflexión sobre 1968. Por supuesto que el objetivo es presentar el tema en su multidimensionalidad, desde una perspectiva de clase. Ello debido a que, pese a todo lo que se ha escrito sobre el ’68, los cierto es que en México poco se ha abordado como fenómeno global, salvo por algunos historiadores ligados a la teoría del Análisis del Sistema-Mundo. Mucho más débil ha sido el esfuerzo por darle una explicación de clase a esa insurgencia popular.

1. Las vueltas del mundo

Guerra fría

Es cierto que las dos guerras mundiales que marcaron la primera mitad del siglo XX tuvieron su origen en la agudización de las contradicciones entre imperialismos. En ese marco también se abrió la oportunidad para erigir los primeros Estados socialistas. En una buena medida el período entreguerras (1918-1939) se caracterizó por la persecución de los rojos. Fue notable que en EE.UU. e Inglaterra se diera una hostilidad muy fuerte contra cualquier organización que tuviese algún matiz de socialismo. Mucho peor fue la reacción en Italia y Alemania (entonces llamada República de Weimar). Pero el vertiginoso ascenso económico-militar del fascismo y nazismo eclipsaron el temor del imperialismo británico y estadounidense hacia las alternativas socialistas encabezadas por la Unión de Repúblicas Soviéticas Socialistas (URSS).

Para 1941, después de la invasión alemana a Rusia (Operación Barbarroja) y el ataque japonés a la Bahía de Pearl Harbor, el imperialismo se vio forzado a establecer una alianza militar con el bloque soviético con la finalidad de derrotar a las potencias del Eje Berlín-Roma-Tokio. No obstante, la animadversión entre el bloque comunista y el capitalista comenzó a hacerse más palpable tras la derrota italiana (abril de 1945) y alemana (mayo del mismo). Unos meses después, el bombardeo nuclear en contra de las poblaciones pesqueras de Hiroshima (6 de agosto) y Nagazaki (9 de agosto), más que ser un movimiento militar para derrotar al imperio japonés fue un aviso en contra de la URSS.

El reparto del mundo que se hizo por el bando ganador: EE.UU., URSS, Inglaterra, Francia y China, terminó de afianzar la confrontación entre ambos bloques. Europa oriental quedó bajo el control de la Unión Soviética y las naciones de la región pronto establecieron regímenes socialistas. La competencia creciente entre socialismo y capitalismo alcanzó su apogeo durante la década de los años 1960, justo en la misma época en que el capitalismo entró en su esplendor de la mano de la hegemonía imperialista estadounidense.

Mientras tanto, las revoluciones en China (1949) y Cuba (1959), además de la multiplicación de los procesos de descolonización en Asia y África fueron un aliciente para las posturas socialistas. Incluso, dentro de algunas de las principales naciones del bloque capitalista había importantes segmentos sociales que simpatizaban con el avance del socialismo. Aunque en realidad estos no conformaban un sector mayoritario y además estaban bien controlados por los Estados capitalistas gracias a dos factores: sus limitaciones teóricas, provenientes de deformaciones en su concepción, y las instituciones imperialistas de inteligencia, como en el caso de la estadounidense Agencia Central de Inteligencia (CIA, por sus siglas en inglés).

Democratización del socialismo

La implantación del socialismo en Europa oriental por la URSS ocasionó desencuentros muy marcados con aquellas sociedades. No sin razón se llegó a calificar a esas naciones como “satélites soviéticos”. La Yugoslavia (conformada por las actuales Bosnia-Herzegovina, Croacia, Eslovenia, Serbia, Montenegro y Montenegro) de Josip Broz Tito fue el primer estado de la región en distanciarse de la URSS. Años más tarde, para 1956, en Hungría surgió un nuevo intento por democratizar al socialismo: la Revolución húngara (23 de octubre-10 de noviembre de 1956). El objetivo era desmontar el régimen estalinista que se constituyó en aquella nación centro-europea, el cuál estaba organizado alrededor de un partido único. En lugar de éste se establecería una democracia pluripartidista, pero se mantendrían los consejos obreros para garantizar el control social sobre la producción y la organización del Estado. En respuesta, el ejército soviético invadió Hungría para hacer valer el Pacto de Varsovia, que había sido firmado un año antes.

Además de la imposición político-militar de la URSS, las inconformidades con el socialismo al estilo soviético derivaban del culto a la personalidad que caracterizó a los partidos comunistas de inspiración soviética. En realidad tal defecto tuvo su origen en la adaptación de la ideología zarista del imperio ruso, en ella la figura del monarca que estaba arraigada en el pueblo era la de un personaje cercano a la divinidad. En realidad la Revolución de octubre, encabezada por los bolcheviques, equivocadamente reprodujo ese elemento en la persona de Lenin. Pero sin duda el culto a la personalidad alcanzó su máximo en la persona de Iósif Vissariónovich Dzhugashvili (Stalin). Tras la expansión soviética, al terminar la Segunda Guerra Mundial, el estalinismo se exportó a cada una de aquellas nuevas naciones socialistas del centro y oriente de Europa. El establecimiento del socialismo en tales condiciones estaba condenado a oprimir más que a transformar radicalmente a las sociedades en las que se implantó. No fue casual que al morir Stalin, en 1953, se desencadenasen procesos de democratización de los regímenes socialistas. Pero que al mismo tiempo sacarían a esas naciones del control directo de la URSS.


Protestas en Checoslovaquia durante la Primavera de Praga


Con los antecedentes anteriormente esbozados, en 1968 aconteció la denominada Primavera de Praga. A diferencia de otras naciones del bloque socialista, las repúblicas Checa y de Eslovaquia ya tenían un buen desarrollo industrial cuando se estableció el régimen socialista. Ello ocasionó que las políticas impuestas por los soviéticos, al ser de tabla rasa, fuesen nocivas para la economía checoeslovaca. Al comenzar el proceso de desestaliniazación, hacia finales de la década de 1950, en Checoslovaquia se visualizó la necesidad por establecer reformas que le diesen al socialismo un rostro humano. Para 1967 el movimiento reformador se había aglutinado en torno a la Unión de Escritores. Las ideas de éstos influyeron sobre el principal dirigente del Partido Comunista de Eslovaquia, Alexander Dubcek. Armado con esas nuevas ideas Dubcek confrontó al Secretario General del Partido Comunista de Checoslovaquia (KSC, por sus siglas en checo), Antonin Novotny, a quién derrotó. Así, el 5 de enero de 1968 Dubcek asumió como nuevo dirigente del comunismo checoeslovaco. Rápidamente comenzó a promover reformas para democratizar al régimen al tiempo que generaba un distanciamiento con la URSS. Tales medidas se concretaron en abril del mismo año con la promulgación de un Programa de Acción liberalizador.

Conforme avanzaba el socialismo de rostro humano las posiciones radiales ganaban terreno. El resultado fue el crecimiento vertiginoso de la crítica anti-soviética. Tanto las reformas democratizadoras como la oposición fueron mal vistas por el gobierno de Leonid Brezhnev, así que para el 21 de agosto la URSS movilizó a las naciones del Pacto de Varsovia, con excepción de Rumania, para invadir Checoslovaquia y acabar con una reforma política al socialismo que concebían como peligrosa en medio de la guerra fría.

Mayo Francés

Casi el mismo tiempo que el proceso de desestalinización hacia temblar a los burócratas soviéticos, los Estados capitalistas se enfrentaban a serias amenazas pro-socialistas. Francia fue una de las naciones imperialistas en las que ese tipo de movimiento cundió con mayor fuerza. En parte debido a que los procesos de descolonización desatados tras el final de la Segunda Guerra Mundial en Indochina (Camboya, Laos y Vietnam) y de Argelia, en ambos casos posesiones francesas hasta 1954 y 1962 respectivamente; repercutieron en la conciencia de los trabajadores franceses. Además, se conjuntaron otros tres procesos: la propagación de la condena a las posturas fascistas, el desgaste político acumulado durante diez años por el gobierno de Charles de Gaulle y una recesión económica (1967).

Desde enero de 1968 los comités anticoloniales, que habían surgido en apoyo a las independencias de Indochina y Argelia, comenzaron a movilizarse en contra de la guerra que Estados Unidos estaba llevando acabo contra Vietnam del Norte. El 22 de abril los estudiantes de la Universidad de Nanterre convocaron a una nueva movilización y boicot contra las empresas estadounidenses. Las autoridades universitarias reaccionaron cerrando las facultades. Unos días después, el 2 de mayo, la derechista Federación Nacional de Estudiantes de Francia provocó enfrentamientos con los estudiantes movilizados. Al día siguiente un grupo de estudiantes de Nanterre llegaron a París donde testimoniaron ante sus colegas de la Universidad de La Sorbona lo que había acontecido. El evento fue fuertemente vigilado por la policía que terminó cerrando las instalaciones de La Sorbona. La respuesta de la Unión Nacional de Estudiantes y del Sindicato de Profesores fue estallar la huelga. Unos cuantos días después las negociaciones con la rectoría fracasaron, lo que se sumó a una nueva represión contra los estudiantes de Nanterre, eso suscitó las condiciones para la generalización del movimiento.

La insurrección popular continuó en ascenso. El 13 de mayo los sindicatos estallaron una huelga general. A partir de ese momento las protestas fueron radicalizándose en contra del gobierno de De Gaulle. Mientras las fábricas eran cerradas, los estudiantes retomaron la Universidad de La Sorbona para desplegar desde ahí una intensa actividad política.

Con la finalidad de revertir la paralización de la mayor parte de la industria francesa, el Primer Ministro Georges Pompidou abrió mesas de negociación con los sindicatos. El 27 de mayo concluyeron las negociaciones con la firma de los Acuerdos de Grenelle en que se les concedía a los trabajadores aumentos salariales superiores al 35%. Aunque en primera instancia los acuerdos no fueron aceptados por la mayor parte de los trabajadores, éstos sirvieron de base para las negociaciones posteriores que se realizaron entre trabajadores y empresas.


Manifestación de trabajadores y estudiantes en Les Champs Élysées durante el Mayo francés


En medio de la euforia se organizó una nueva movilización el 30 de mayo, en la cual se exigió la dimisión de Charles de Gaulle. En París, la persistencia de las huelgas y la resistencia estudiantil fue el pretexto para que el gobierno hiciese uso e la fuerza pública para someter a los manifestantes. Las Compagnies Républicaines de Sécurité (CRS, por sus siglas en francés) tuvieron enfrentamientos con los trabajadores huelguistas entre el 7 y el 10 de junio. En respuesta el gobierno francés decretó la disolución de la Asamblea Nacional, convocó a elecciones anticipadas y la disolución de las organizaciones de izquierda, tanto electoral como sindical.

Finalmente, las elecciones del 23 y 30 de junio resultaron en el fortalecimiento del gaullismo. Esto gracias a la ilegalización de la izquierda que incluyó la detención de los principales dirigentes de todas las corrientes.

Descolonización africana

Tras la Segunda Guerra Mundial se generó en las colonias europeas en África y Asia una intensa actividad por la liberación nacional. En África la gran mayoría de las 51 naciones que actualmente forman parte de ese continente se independizaron en un período entre 1950 a 1970. No obstante fueron procesos complejos de descolonización que además de las guerras entre libertadores y colonialistas, las condiciones políticas en que se reconocieron las independencias fueron el motivo para el acontecimiento de guerras civiles.

Al igual que en el caso francés, en varias de las naciones europeas imperialistas se conformaron organizaciones opuestas al colonialismo. Ese respaldo social fue lo que significó un acicate para el triunfo de las independencias. Al tiempo que preparó la conciencia de miles de personas para enfrentarse al propio capitalismo.

Un elemento que no debe soslayarse en esa década de los años 1960 fue la reacción de los imperialismos ante las relaciones políticas que la URSS desarrollo en el continente africano. Gracias a la cercanía con el Egipto del presidente Gamal Abdel Nasser (1956-1970). Las potencias colonialistas que detentaban posesiones en África prefirieron aceptar independencia antes que exponer que los insurgentes estrechasen vínculos con el bloque soviético.

Vietnam

Con los Acuerdos de Ginebra quedó reconocida la independencia de Vietnam. Aunque dividida en dos territorios: Vietnam del norte y Vietnam del sur. Eso fue lo que provocó que para 1958 iniciasen los conflictos internos por la reunificación o separación. Los partidarios del régimen de Ngo Dinh Diem, en el sur, se opusieron férreamente a la unificación, lo que fortaleció la posición del Frente de Liberación Nacional (Vietcong). La animadversión llegó a tal punto que para 1960 la guerra civil se hizo realidad.

Al darse en el contexto de la guerra fría, muy pronto las cabezas del bloque capitalista y del socialista se involucraron en la confrontación vietnamita. La URSS respaldó al Vietcong que estaba dirigido por el presidente Ho Chi Minh. Mientras tanto los EE.UU. que originalmente respaldaban a Dinh Diem, presidente de Vietnam del sur, decidieron patrocinar un golpe de Estado en 1963 para imponer en lugar de su antiguo aliado a Nguyen Van Thieu. Así, la política intervencionista comenzada por John Fitzgerald Kennedy fue continuada por su sucesor Lyndon Johnson, quién dio el siguiente paso lógico al promover la declaración de guerra de los Estados Unidos hacia Vietnam del norte.

A la opinión pública estadounidense se le presentó la medida como una medida necesaria para salvar al mundo libre de la amenaza comunista. En primera instancia el pueblo aceptó esa participación. Pero conforme pasó el tiempo y los marines se mostraban incapaces para derrotar a las guerrillas vietnamitas, además del retorno de cientos de soldados con severas discapacidades físicas o psicológicas, fueron un factor determinante para el fortalecimiento de una corriente de pensamiento que se oponía a la guerra. Hasta la mediatizada corriente hippie se pronunció por una política pacifista que diese fin inmediato a la invasión estadounidense en Vietnam.

Antisegregacionismo

Si bien la esclavitud había sido abolida en los EE.UU. tras el final de la guerra de Secesión (1861-1865), en varios estados sureños se mantuvieron durante más de un siglo una serie de leyes que segregaban a esas sociedades. Los blancos tenían garantizados todos los derechos de la ciudadanía estadounidense. En cambio, los negros debían observar una serie de normas que los limitaba en su práctica cotidiana, por ende su desarrollo en la sociedad. Hacia la década de los años 1960 se intensificó el movimiento por eliminar las leyes segregacionistas. Éstos tuvieron la particularidad de ser dirigidos por ministros religiosos, tanto apegados a las iglesias cristianas (como en el caso de Martin Luther King Jr.) como del Islam (la Nación del Islam o Malcolm X).

El asesinato de Malcolm X (Malcolm Little) el 21 de febrero de 1965 radicalizó a los partidarios de los derechos de los negros. Al año siguiente fue fundado el Partido Pantera Negra de Autodefensa (Panteras Negras), organización que fusionó el pensamiento nacionalista negro con el panafricanismo y maoísmo que postulaba Franz Fanon. Esta organización fue una de las más duras en la lucha por la defensa de los derechos de los afroamericanos. Incluso dos militantes de las Panteras Negras, Tommie Smith y John Carlos, protagonizaron uno de los momentos más mediáticos del siglo XX cuando en los Juegos Olímpicos de la Ciudad de México en 1968, al recibir las medallas por el primero y tercer lugar, respectivamente, en la prueba de los 200 metros planos, alzaron su puño cubierto por un guante negro (saludo oficial de los Panteras Negras) mientras sonaba el Himno de los Estados Unidos.


Tommie Smith (centro) y John Carlos (derecha) haciendo el saludo del Black Panthers Party mientras recibían su medalla por ganar el 1° y 3° en los 200 metros planos durante los Juegos Olímpicos de México 1968


El segundo evento que catapultó el movimiento antisegregasionista hacia su clímax en 1968, fue el asesinato del ministro Martin Luther King Jr., el 4 de abril de 1968 en Memphis, Tennessee. Pese a tal evento, la abolición de las leyes segregacionistas fue ya inevitable en los años subsecuentes.

2. América Latina en 1968

A pesar de lo confuso que resulta la historia reciente de América Latina, es decir la del siglo XX, la Insurrección Popular de 1968 no le pasó inadvertida a la región. Más allá de México varios países atravesaron en ese año por procesos revolucionarios y democratizadores. Un tanto se oscurece esa participación porque la década de 1960 estuvo marcada por un fervor comenzado tras el triunfo de la Revolución cubana en 1959.

La situación de AL derivaba de las propias contradicciones entre los intereses del pueblo y los de una elite que hizo suyos los intereses neocolonialistas de los EE.UU. Así, se explica la proliferación de los Movimientos de Liberación Nacional que adoptaron la guerrilla (urbana o rural) como su principal método de lucha. Pero también fue la década de los golpes de Estado encabezados por el ejército.

En ese sentido destaca el golpe militar de 1964 en Brasil, mediante el cuál fue destituido Joao Goulart para ser sustituido por una Junta Militar. En Argentina el golpe de 1966 llevó al general Juan Carlos Onganía a la presidencia argentina en detrimento de Arturo Umberto Illia, quién había sido electo en 1963. En Bolivia los militares llegaron a la presidencia mediante las urnas en 1964, pero a partir de entonces se volvieron una sucesión de gobiernos militaristas en la que no faltaron los golpes de Estado. En estos tres ejemplos la respuesta de las organizaciones de izquierda nacionalista y revolucionaria fue adoptar la guerrilla. En Brasil destacó la encabezada por Carlos Maringhella, en Argentina los Montoneros y en Bolivia la más conocida fue la encabezada por Ernesto “Che” Guevara, es decir la guerrilla de Ñancahuazú, pero también hizo presencia el Ejército de Liberación Nacional (ELN).

Casos especiales fueron: el de la República Oriental del Uruguay con el Movimiento de Liberación Nacional-Tupamaros (MLNT) y las guerrillas colombianas del Ejército de Liberación Nacional (ELN) y de las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC). Ahí se presentaron las acciones armadas guerrilleras en regímenes que de manera formal se proclamaban democráticos. Sin embargo, ninguno de estos movimientos se circunscribió a 1968, sino que acontecieron antes y después. Pero, sin duda que fueron un factor que enriqueció la conciencia revolucionaria de las insurrecciones populares del año referido.

3. Milagritos mexicanos

Ferrocarrileros

El régimen emanado de la Revolución Mexicana tomó se afianzó con las reformas introducidas durante el gobierno del general Lázaro Cárdenas (1934-1940). Es decir, durante ese período se consolidaron las bases del mercado interno mexicano. En gran medida el éxito económico de los gobiernos posteriores fue resultado de continuar con la porción medular de las políticas cardenistas: la industrialización del país. El famoso milagro mexicano (1952-1970) tuvo su anverso en la incapacidad para la distribución de la riqueza generada y el autoritarismo que se desarrolló en la estructura de gobierno.

Para finales de la década de los años 1950 comenzaba a quedar claro que la industrialización se estaba dando más en función de los intereses del imperialismo que del pueblo mexicano. Justo en el último año de la presidencia de Adolfo Ruiz Cortines estalló un movimiento sindicalista que desenmascaró la política corporativista del Estado mexicano: el movimiento ferrocarrilero.

En aquella oportunidad la negociación salarial originó una serie de paros realizados entre el 26 de junio y el 1 de julio de 1958. Los trabajadores ferrocarrileros se dieron cuenta del manejo charril del movimiento que habían hecho sus principales dirigentes, por lo que convocaron a una Convención del sindicato. Producto de ese evento resultó electo como nuevo dirigente de la organización obrera, el hasta entonces presidente de la Gran Comisión pro Aumento de Salarios, Demetrio Vallejo. A diferencia de sus antecesores en el cargo, Vallejo impuso una política de rompimiento con el corporativismo del oficialismo. Lógicamente ello ocasionó algunos enfrentamientos con el gobierno de Adolfo López Mateos. El mismo reconocimiento oficial de Demetrio Vallejo como secretario general de los ferrocarrileros implicó una dura pugna con el régimen. Al dirigente ferrocarrilero se le acusaba de ser comunista y enviado de la Unión Soviética para desestabilizar al país. Tal acusación provenía de la propia Confederación de Trabajadores de México (CTM), que en aquél momento ya era dirigida por el colaboracionista Fidel Velásquez. Fue gracias a la unidad de los trabajadores, aunada a la solidaridad de otros sindicatos como el de telegrafistas, el de profesores y el de petroleros que la Secretaría del Trabajo se vio forzada a acaptar la toma de nota de Vallejo.

Al año siguiente, el hostigamiento contra los contratos colectivos de los ferrocarrileros representó una provocación contra el sindicato. Se forzó a los trabajadores a estallar una huelga el 25 de marzo que de inmediato fue declarada ilegal por la Secretaría del Trabajo. A tal embate siguieron las aprehensiones de los principales dirigentes, comenzando por el propio Vallejo y Valentín Campa. Se les acusó por el delito de disolución social y se impuso a Alfredo A. Fabela como secretario general del sindicato ferrocarrilero. Los dos principales dirigentes sindicales fueron recluidos en la cárcel de Lecumberri hasta 1970. durante los once años de su cautiverio su liberación se volvió una exigencia de casi todos los movimientos sociales.


Detención de Demetrio Vallejo el 28 de marzo de 1859


Médicos

En noviembre de 1964, semanas antes del inicio de la presidencia de Gustavo Díaz Ordaz, estalló un movimiento entre los residentes del Hospital 20 de noviembre de la Ciudad de México. La demanda de los trabajadores era que se les pagasen los salarios que el Instituto de Seguridad y Servicios Sociales de los Trabajadores del Estado (ISSSTE) les adeudaba. Pronto el movimiento se extendió por todo el país alcanzando a más de 50 hospitales en toda la república y con la participación de unos 8,000 residentes de medicina. Facultades de medicina, como la de la UNAM, también realizaron paros solidarios con los médicos.

Al comenzar las protestas de los residentes, el gobierno de López Mateos reaccionó de manera torpe al despedir a 206 de los inconformes. Eso hizo que pronto se extendiese el movimiento, pues éstos fundaron la Asociación Mexicana de Médicos Residentes e Internistas (AMMRIAC). El cambio de presidente permitió que cambiasen las circunstancias. En 15 días al frente del ejecutivo Gustavo Díaz Ordaz consiguió que se levantasen los paros en los hospitales.

Sin embargo, la venganza de El Mandril, como apodaba el pueblo a Díaz Ordaz, fue implacable. Primero se orquestó una campaña de desprestigio en contra de los disidentes. Al mismo tiempo desconoció las negociaciones con la AMMRIAC.


Los residentes del Hospital 2o de Noviembre comenzaron una serie de movilizaciones en el sector salud que se extendió entre 1964 y 1965


En respuesta, los médicos titulados conformaron la Alianza de Médicos Mexicanos (AMMAC), a la cuál se integró la AMMRIAC, para organizar una nueva serie de manifestaciones. Para el 20 de enero de 1965 el movimiento volvió a los paros. El gobierno mexicano quedó forzado a retomar las negociaciones. Un mes después se ordenó la retabulación salarial para los médicos. Para marzo, animados con los avances obtenidos, los integrantes de la AMMAC se pronunciaron por desafiliar a su organización de la Federación de Sindicatos de Trabajadores al Servicio del Estado (FSTSE). Para conseguir ese objetivo se volvió a recurrir a la realización de paros a partir del 19 de abril. Pese a las provocaciones y actos de represión éstos se mantuvieron hasta el 3 de junio, cuando golpeadores del gobierno consiguieron romper las protestas. Un nuevo intento fue realizado a mediados de agosto, pero esa cuarta oleada de paros fue rápidamente sofocada por el gobierno. Para comienzos de septiembre, y tras el secuestro de un grupo de enfermeras del Hospital 20 de noviembre, el movimiento quedó liquidado. Aunque si hubo incrementos salariales la organización de los médicos quedó desarticulada y muchos quedaron despedidos.

Madera

Para la década de 1960 los últimos estertores de la Revolución mexicana habían sido eliminados con la amnistía y posterior asesinato de Rubén Jaramillo, último de los combatientes activos del Ejército Libertador del Sur. Sin embargo, para 1965 hubo una reactivación de los grupos guerrilleros, aunque ahora bajo una filiación cercana al socialismo. El 23 de septiembre de ese año el Grupo Popular Guerrillero (GPG), tratando de emular lo hecho por Fidel Castro en 1953 (Asalto al cuartel Moncada), intentó tomar por asalto el cuartel del Ejército Mexicano ubicado en Ciudad Madera, Chihuahua. Los 13 combatientes no fueron un gran rival para los militares que rápidamente dieron cuenta de ellos.

No obstante, la repercusión del asalto al cuartel Madera fue mucho más lejos. Las organizaciones guerrilleras inspiradas en el triunfo de la Revolución cubana y el auge de la teoría del foquismo, proliferaron en varios puntos del país. Durante la segunda mitad de la década había dos en específico que tomaron relevancia, curiosamente ambas en el estado de Guerrero: la Asociación Cívica Guerrerense (ACG), que más tarde cambió su nombre a Asociación Cívica Nacional Revolucionaria, acaudillada por Genaro Vázquez Rojas, y el Partido de los Pobres (PP), dirigido por Lucio Cabañas Barrientos.

Ese tipo de movimientos armados que hacían frente heroicamente al régimen autoritario, fueron tanto un reflejo de la efervescencia revolucionaria a escala internacional como un elemento que la alimentó en México.

Huelgas estudiantiles

Finalmente, no se debe olvidar que tanto los estudiantes de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), como los del Instituto Politécnico Nacional (IPN) y los de la Universidad Autónoma de Chapingo (UACh) atravesaron por grandes experiencias de lucha en los años previos a 1968. En todos los casos se trató de eventos que permitieron quebrantar el control que las organizaciones estudiantiles oficialistas ejercían sobre el alumnado de dichas instituciones de educación superior.

En el caso de la UNAM se trató de la huelga universitaria de 1966. Se trató de una protesta que tuvo su origen en aspectos meramente académicos que comenzó en las facultades de humanidades y preparatorias. Pero terminó por conseguir la disolución de los grupos de vigilancia, la destitución del rector, Ignacio Chávez, y el debilitamiento de las Federaciones Universitarias de Sociedades de Alumnos, que eran dirigidas por Roque Villanueva y el ex presidente Miguel Alemán. Además, se abrió el paso para la llegada de Javier Barros Sierra a la rectoría universitaria, quién al poco tiempo decretó la expulsión de los integrantes del Movimiento Universitario de Renovadora Orientación (MURO), organización de ultraderecha que posteriormente fundó la Universidad Autónoma de Guadalajara (UAG), así como a las autoridades que solapaban a dicho grupo.

En el caso del IPN y de la UACh se trató de una huelga estudiantil, en 1967, comenzada en el Politécnico en solidaridad con la escuela de los Hermanos Escobar, en Chihuahua. Éste era un centro privado de educación superior orientado a la agricultura. Por tanto, la Universidad de Chapingo también se solidarizó. Al final, se conformó el Consejo Nacional de Huelga y Solidaridad (CNHS) y la Hermanos Escobar quedó incorporada a la UACh.

En el caso del IPN el movimiento generó las condiciones para que representantes democráticos de los estudiantes fuesen electos como parte de la Federación Nacional de Estudiantes Técnicos (FNET). Organización que hasta entonces había mantenido controlada la disidencia entre los estudiantes.

4. El ’68 mexicano

Todas las experiencias anteriormente indicadas, tanto en el plano internacional como nacional, fueron reforzando la claridad política entre los militantes de las izquierdas. Lo cuál redundó en el fortalecimiento de las organizaciones revolucionarias. No tanto en expandir las ya existentes sino en función de crear nuevos modelos de agregación política. En muchos sentidos ello se debió a la degradación que exhibían los grupos con mayor trayectoria. Tanto el Partido Comunista Mexicano (PCM) como el Partido Popular Socialista (PPS) o las confederaciones sindicales que había fundado Vicente Lombardo Toledano (el viejo lobo de Marx) habían demostrado estar muy alejadas de los intereses de clase. Dentro de las izquierdas se tenía perfectamente ubicado que el PCM era una organización más cercana a la socialdemocracia que al socialismo. En cambio a las estructuras de origen lombardotoledanista se les sabía colaboradoras con el régimen.

Aunque también es preciso señalar que la porción del pueblo alejada de la política también resentía las consecuencias de un régimen autoritario. Los modismos culturales provenientes de los EE.UU. Dichos modelos contenían una gran dosis de rebeldía en contra de la opresión moralina que campeaba en la época. Tales mensajes tuvieron cierta repercusión en la juventud mexicana burguesa y pequeño burguesa. Aunque entre los militantes de las izquierdas revolucionarias era muy mal vista toda propuesta artística que se alejase del indigenismo latinoamericano o la emulación procastrista y/o guevarista, lo cierto es que muchos de los estudiantes que llegaron a simpatizar con los movimientos sociales que circunscribieron a 1968 sí asimilaron algunos elementos de esas prácticas contestatarias.

Sin embargo, la adopción de la rebeldía al estilo James Dean o Woodstock no debe verse sino como un síntoma de las contradicciones sociales que generadas por un régimen político opresivo hasta en las cuestiones más íntimas.

Por otro lado, para comprender lo que ocurrió en México en 1968 es importante también comprender la filiación de clase del movimiento. Por un lado, en la UNAM tanto el estudiantado como el profesorado pertenecían a la burguesía o pequeña burguesía ilustrada, dentro de la cuál hubo un sector radicalizado por las luchas que se estaban librando en el mundo en aquélla época. Este segmento se fue hacia uno de dos polos, por lo regular, o adoptó una posición socialdemócrata o acogió el aventurerismo político en busca de soluciones más radicales. La situación era muy distinta en el Politécnico. Desde su fundación el proyecto del IPN era el de dar cabida a la formación de cuadros técnicos y profesionistas provenientes de las clases subsumidas. Eso permitió que el radicalismo fuese más arraigado entre los politécnicos. Al mismo tiempo los hizo más sensibles a la relación del estudiantado con los trabajadores.

La organización de los Juegos Olímpicos de 1968 en la Ciudad de México fue un elemento adicional, pues la campaña desarrollada por el gobierno de Adolfo López Mateos para que el Comité Olímpico le concediese la sede a la capital mexicana, tenía la intención de demostrarle al mundo lo impresionante del milagro mexicano. Sin embargo, durante la presidencia de Díaz Ordaz el país iba llegando al final de la expansión de ese ciclo económico.

La combinación del creciente fervor revolucionario a escala internacional, el agotamiento del modelo económico interno y una política autoritaria fueron el caldo de cultivo que identificó al México de 1968. Así, para mediados del año cualquier acontecimiento sin relevancia aparente tendría la posibilidad de detonar una oleada mucho mayor. Ese accidente fortuito llegó. El 23 de julio un enfrentamiento, cerca de la Ciudadela, entre pandilleros de la preparatoria privada Isaac Ochotorena (los araños) con otra banda proveniente de la vocacional 2 del IPN (los ciudadelos) fue la chispa que detonó todo. La policía del Distrito Federal cometió una imprudencia grande al invadir las vocacionales 2 y 5 con el pretexto de someter a los pandilleros. Sin embargo, la soberbia despótica de los cuerpos represivos condujo a los uniformados a cometer abusos en contra de la comunidad politécnica (estudiantes, profesores y trabajadores) ajena a los sucesos. El doble abuso de la policía, ingresar a la escuela y agredir a la comunidad, fue motivo para convocar a una movilización en protesta. La FNET organizó la realización de una marcha entre el Casco de Santo Tomás y la Ciudadela. Sin embargo, un grupo numeroso de estudiantes tomó la decisión de desviar la marcha, más de 5,000 estudiantes se encaminaron hacia el Zócalo. Al pasar por el Hemiciclo a Juárez los manifestantes se encontraron con un mitin organizado por el Partido Comunista Mexicano (PCM) y la Central Nacional de Estudiantes Democráticos (CNED) para conmemorar el aniversario del asalto al cuartel Moncada. Los asistentes a ambos actos unieron fuerzas por lo que unos 10,000 manifestantes se enfilaron hacia la Plaza de la Constitución. El cuerpo de granaderos impidió que la columna llegase a su destino. La represión violenta se hizo presente. Muchos de los participantes se refugiaron en las escuelas del barrio universitario, incluyendo el edificio del Colegio de San Ildefonso, sede de las preparatorias 1 y 3 de la UNAM.

Por el lado de los universitarios, éstos permanecieron atrincherados en la Escuela Nacional Preparatoria durante los días 27, 28 y 29 de julio. En varias ocasiones intentaron salir para organizar nuevas manifestaciones en el Zócalo. Pero en cada una fueron repelidos por la policía capitalina. Mientras tanto, en el Casco de Santo Tomás, los politécnicos reaccionaron de formas contrastantes. El 27 la FNET desconoció a los manifestantes argumentando que eran “elementos de conocida filiación radical” que había provocado el enfrentamiento con la policía. El mismo día, en la Escuela Superior de Economía (ESE), los politécnicos convocaron a asamblea general, cuyos resultados se dieron a conocer al día siguiente. Además del desconocimiento hacia la mesa directiva de la FNET, bajo el argumento de no ser representativa de la comunidad del IPN sino ser un instrumento del gobierno, se definió la primera versión del pliego petitorio, el cuál incluía: desaparición tanto de la FNET como del MURO, expulsión de los estudiantes que integrasen dichas organizaciones y militantes del PRI, indemnización del gobierno para todos los heridos y muertos por la represión del gobierno, excarcelación de los estudiantes detenidos, desaparición del cuerpo de granaderos de la policía capitalina y derogación del delito de disolución social (artículo 145 del código penal).

Para el lunes siguiente, 29 de julio, la huelga fue declarada en la Preparatoria 1, las vocacionales 2, 4 y 7. Aunque los enfrentamiento entre estudiantes con la policía siguieron dándose todo ese día. En la noche, los universitarios se volvieron a replegar en la Prepa 1. En respuesta en la madrugada del día 30 los uniformados derribaron la puerta principal utilizando una bazuca.

Pese al torpe esfuerzo del Secretario de Gobernación, Luis Echeverría Álvarez, por justificar la acción represiva, las consecuencias fueron ya imparables. El descontento alcanzó al propio rector de la UNAM, el ingeniero Javier Barros Sierra, quién condenó el acto el mismo día 30, declaró día de luto por la violación a la autonomía universitaria y participó de la convocatoria para realizar una marcha en la tarde del 1 de agosto sobre avenida Insurgentes entre Rectoría y la avenida Félix Cuevas. Para restarle fuerza las protestas, Díaz Ordaz hizo un llamado a mantener la calma al decir: “Una mano está tendida; los mexicanos dirán si se queda en el aire”. A tal acto los estudiantes contestaron demandando que a esa mano se le hiciese “la prueba de la parafina”.

Tras la marcha encabezada por el rector se reunieron representantes de las escuelas en huelga para conformar el Consejo Nacional de Huelga (CNH). Tres días más tarde se dio a conocer el pliego petitorio definitivo. Solamente incluían seis puntos, a saber: 1) Libertad a todos los presos políticos, 2) Destitución de mandos de la policía; Luis Cueto, Raúl Mendiolea y Armando Frías, 3) desaparición del cuerpo de granaderos, 4) derogación de los artículos 145 y 145bis del Código Penal del DF, 5) Indemnización de todos los heridos y muertos desde el 26 de julio, y 6) deslindar las responsabilidades por los actos de represión y vandalismo.


Conforme las movilizaciones populares fueron fortaleciéndose, el gobierno empleo cada vez con más insistencia al ejército para reprimir a los manifestantes


A partir de ese momento se comenzaron a crear comités de profesores, artistas, intelectuales y profesionistas en respaldo al movimiento. Hacia el 8 de agosto también se habían declarado en huelga, además de la UNAM y el IPN, la Escuela Nacional de Agricultura de Chapingo, El Colegio de México, la Escuela Nacional de Maestros, e incluso escuelas privadas como, la Universidad Iberoamericana y la Universidad La Salle. Más adelante también se incorporaron a la huelga la Escuela Nacional de Antropología e Historia (ENAH), la Escuela Normal Superior, el Conservatorio Nacional de Música, la Academia Mexicana de Danza, la Universidad el Valle de México (UVM), el Instituto Tecnológico Autónomo de México (ITAM) y la Escuela Bancaria y Comercial (EBC). Además más de 70 escuelas en los estados de Sinaloa, Puebla, Morelos, Nuevo León, Chihuahua, Guanajuato, Chiapas, Tabasco, Veracruz, Querétaro, Hidalgo, Baja California, Tamaulipas, Michoacán, Durango, Nayarit, San Luis Potosí, Aguascalientes, Sonora, Guerrero, Coahuila, Yucatán y Oaxaca; también participaron en el movimiento estudiantil.

Rápidamente la solidaridad de las clases sociales subsumidas llegó, por lo que a las asambleas estudiantiles asistían trabajadores, oficinistas, amas de casa y demás. Eso le permitió al movimiento rebasar su carácter sectorial para convertirse en un fenómeno más amplio. La masificación le permitió tener un carácter popular.

El ascenso del movimiento continuó firme. Los mítines relámpago, las pintas, la creación de una prensa propia del movimiento y el uso de la gráfica fueron elementos que le permitieron fortalecer la lucha ideológica al atenuar la propaganda oficialista de los medios masivos de comunicación. A tal punto, que para el 27 de agosto más de 400,000 personas marcharon desde el Museo de Antropología hasta el Zócalo en apoyo al movimiento popular. Con esa fuerza se montó un campamento frente a Palacio Nacional en demanda de diálogo público. Durante el acto, se izó una bandera rojinegra en el asta de la plaza. Por la madrugada del 28 el ejército desalojó a los manifestantes y en la mañana el gobierno organizó a un grupo de burócratas que realizaron un acto de “desagravio” (what ever that means). Sin embargo, los propios funcionarios dejaron manifestado en las consignas: “no venimos, nos traen” y “somos borregos” que todo había sido un acto simbólico de la presidencia; sin contar que aún entre las filas del gobierno había simpatía por el movimiento. Al final se tuvo que emplear a la fuerza pública para disolver el acto.

Unas horas después estallaron paros de solidaridad en el Hospital General y entre los trabajadores petroleros de la sección 34.

En respuesta, la presidencia endureció su postura aún más. Díaz Ordaz estaba dispuesto a hacer gala de su carácter represivo e intransigente, forjado durante sus años como ministerio público. Durante su cuarto informe de gobierno acusó a los estudiantes de estar manipulados por un pequeño grupo de personas de ideología “extranjerizante”. Como remate, lanzó la amenaza de emplear a la “fuerza pública para reestablecer el orden público”.

El movimiento continuó su tendencia ascendente las dos primeras semanas de septiembre, pese a la creciente represión. Organizaciones gremiales de campesinos y profesores siguieron sumándose en apoyo a la huelga. No obstante, el ambiente político se enrarecía cada vez más. Para el día 10 de septiembre el propio rector, Barros Sierra, convocaba a los universitarios a reanudar las clases. Al hostigamiento físico e ideológico del oficialismo el movimiento respondió el día 13 con la realización de la marcha del silencio. Más de 300,000 personas desfilaron hacia el Zócalo.

Al verse derrotado, el oficialismo recurrió a su último recurso político: la represión total. Así, el 18 de septiembre el ejército ocupó la Ciudad Universitaria, en el acto fueron detenidos más de 500,000 personas entre estudiantes, profesores, trabajadores y pueblo en general. La respuesta fue más defensiva que política. Por una parte, el rector Barros Sierra presentó su renuncia el 23 en protesta contra la violación de la autonomía universitaria, aunque el Consejo Universitario la rechazó el 27. Por la otra, los enfrentamientos entre los contingentes populares y el cuerpo de granaderos arrecieron en las inmediaciones de los planteles en huelga. Así, el área del Casco de Santo Tomás, la Unidad Profesional Zacatenco, la Ciudadela y Nonoalco-Tlatelolco fueron escenarios de batallas entre policías y manifestantes. En la mayoría de los enfrentamientos las fuerzas represivas del Estado fueron repelidas.

Ante la resistencia el gobierno decidió emplear una vez más al ejército para ocupar el Casco de Santo Tomás el día 24 de septiembre. En contraste, la toma militar de la unidad Zacatenco no tuvo resistencia. Pese a su efectividad, la presencia militar en los centros educativos provocaba la animadversión social, por lo que para el 30 de septiembre fue liberada la Ciudad Universitaria. No así las instalaciones del Politécnico. Se convocó a realizar una marcha para la tarde del 2 de octubre en demanda de la desocupación militar del Casco de Santo Tomás. Sin embargo, desde la mañana de ese día se incrementó la presencia armada en las inmediaciones del centro politécnico, por lo que se decidió restringir el acto a un mitin en la Plaza de las Tres Culturas de Tlatelolco, desde donde estaba programado el comienzo de la marcha.

El gobierno de Díaz Ordaz había preparado cuidadosamente una provocación con la intensión de asestarle el golpe definitivo a la huelga. Desde semanas antes se había organizado un grupo de paramilitares conocido como el Batallón Olimpia. Por otro lado se ordenó incrementar la presencia militar en Tlatelolco, lo que incluía expandir el poder de fuego de los soldados. Según se infiere de algunos testimonios de funcionarios públicos involucrados y mandos militares participantes en el operativo, el plan solamente era conocido por un pequeño grupo de personajes allegados a la presidencia y a la Secretaría de Gobernación, entonces encabezada por Luis Echeverría. El motivo de mantener la discreción del operativo era provocar a los soldados desde diversos puntos de la multitud, para qué estos no tuviesen tiempo para saber lo que ocurría y en consecuencia respondiesen de manera efectiva contra las masas. Para apuntalar el operativo, se incrementó la confusión del movimiento, pues por la mañana de ese 2 de octubre una pequeña comisión de supuestos enviados de la presidencia a negociar la solución dio muestras de disposición a los representantes del CNH.

Ya por la tarde, mientras desde el edificio Chihuahua Florencio López Osuna hacia uso de la palabra en el mitin, un helicóptero militar que sobrevolaba la plaza dejó caer una serie de luces de bengala. Acto seguido los integrantes del Batallón Olimpia, que estaban infiltrados en diversos puntos del acto, pero que se identificaban por usar una prenda blanca en la mano izquierda, abrieron fuego en contra de los soldados y de la multitud. La respuesta del ejército dejó atrapada a la gente entre los dos fuegos, lo que ocasionó que hubiese cientos de muertos y heridos. Tras generar la confusión general, los paramilitares se concentraron en el edificio Chihuahua para conseguir la aprehensión de los delegados del CNH que se encontraban en el presidium. Por la noche, de manera esporádica continuaban los tiroteos, mientras cuerpos del ejército mexicano realizaban el levantamiento de los muertos, heridos y detenidos. Muchos fueron llevados al Campo Militar número 1, dónde fueron torturados y/o desaparecidos. Los heridos que consiguieron evadirse para llegar a algún hospital fueron buscados por los paramilitares y militares para ser detenidos.


Detención de los miembros del presidium durante el mitin del 2 de octubre en Tlatelolco


El golpe fue efectivo. Pese a la disposición de los resabios del CNH a mantener la huelga, su capacidad ya no fue la misma. Antes de la masacre del 2 de octubre, el movimiento ya había manifestado la intención de no afectar la realización de los Juegos Olímpicos, que comenzaron el 12 de octubre. Pero tras la tregua siguió la huelga. Aunque muy debilitada. En el interior de la república, las escuelas que se habían unido a la huelga también fueron reprimidas por las fuerzas armadas.


Entre los paramilitares del Batallón Olimpia y los soldados del ejército fueron masacrados cientos de asistentes al mitin


Poco a poco, la huelga fue siendo levantada por las escuelas entre octubre y noviembre. Finalmente el 21 de noviembre el rector de la UNAM insistió en la necesidad de volver a las actividades y para el 4 de diciembre se decretó la disolución del CNH.

El caricaturista Abel Quezada publicó este cartón el 3 de octubre de 1968 en el periódico El Excélsior, dirigido entonces por Julio Scherer García, para protestar contra la masacre


Debilitada, la resistencia adquirió otras formas de organización y se creó el Comité Coordinador de Comités de Lucha para mantener alguna cohesión. Contra lo que suele mencionarse en la historiografía oficial sobre el movimiento, este mantuvo cierta continuidad en los años subsecuentes. Aunque no bajo las mismas demandas, sino que se transformó en una serie de movilizaciones en demanda de la liberación de los presos políticos, que en su mayoría habían sido enviados a la cárcel de Lecumberri.

5. Lo que dejó el ‘68

En términos generales, la insurrección revolucionaria de 1968 fue un parteaguas a escala mundial, tal como lo afirman historiadores de la talla de Ferdinand Braudel, Immanuel Wallerstein o Eric Hobsbawm. Fue el punto de inflexión a partir del cuál las libertades sociales se ampliaron. En mucho el mundo que conocemos y las luchas que a partir de entonces se han abierto son una de las consecuencias del ’68.

En muchos sentidos México no fue refractario a los saldos que tuvo esa oleada revolucionaria. De manera inmediata se conformó una serie de movimientos que adoptó tres vías de acción. La más inmediata la que exigía consolidar los derechos humanos en el país, mediante la liberación de los presos políticos y detener la represión de Estado que se conoció como guerra sucia. El segundo fue el de los elementos sociales más radicalizados quiénes vieron en las masacres del 2 de octubre, primero, y del Jueves de Corpus (10 de junio de 1971), después; la señal de la absoluta intransigencia del régimen. Motivo por el cuál consideraron que las vías legales para la transformación del país estaban cerradas. Finalmente hubo una porción importante que decidió involucrarse más directamente con las luchas de los sectores sociales, de tal suerte que durante los años 1970 y comienzos de los 1980 surgió un movimientos social que pretendía democratizar al sindicalismo, así como renovar las estructuras estudiantiles, magisteriales y campesinas. Este tipo de alternativas también dieron pie a un fuerte movimiento urbano que se consolidó tras los sismos de 1985.

Es importante reconocer, a contracorriente de lo expresado por los lidercillos que se adjudican la paternidad del movimiento de ’68 en México, que si bien las demandas del pliego petitorio tenían muy poco de radical y más bien mucho de democratizadoras, no es de despreciar que la mayor fuerza dentro del CNH la tuvieron las organizaciones que buscaban una revolución socialista. Éstas se ajustaron al pliego petitorio porque, al menos, comprendieron en ese momento que el primer objetivo para una verdadera transformación revolucionaria estaba primero en que se desarrollasen en México las estructuras de un mercado interno fortalecido con fuerzas productivas vigorosas y una superestructura democrática. El autoritarismo paternal del régimen priista de mediados del siglo XX se estaba agotando. Incluso, el surgimiento de organizaciones con mayor consecuencia transformadora como el Ejército Zapatista de Liberación Nacional (EZLN) o la conformación de partidos que han hecho del oportunismo una manera de liquidar a las izquierdas, como en el caso del Partido de la Revolución Democrática (PRD), o la misma derrota del presidencialismo priista el 2 de julio de 2000, pese a que el triunfo de Vicente Fox y sus corifeos del cambio convirtieron tal triunfo en una democracia malhadada, son todos hechos que de una u otra forma son tributarios del movimiento popular de 1968.

viernes, septiembre 03, 2010

Memoria Proletaria 14: ¿Bicentenario de la Independencia?

Introducción

En el año en que se festeja el bicentenario del inicio de la guerra de independencia mexicana, que no el bicentenario de México, los ejercicios ideológicos abundan con exceso. En algunos casos se pretende una reflexión seria sobre el significado que tuvo la independencia así como los resultados que ha tenido. También han proliferado los anecdotarios que satisfacen la curiosidad de los eruditos o aspirantes a ello y las trivializaciones más groseras del movimiento insurgente (como aquella de sacar a orear los huesos de los próceres y exhibirlos como si fuesen trofeos deportivos).

No es que anteriormente este tipo de actividades estuviesen ausentes de la historiografía de la independencia mexicana. Por el contrario, tanto la independencia como toda la historia del país están plagadas de ejercicios de ese tipo. La diferencia es que el pretexto del bicentenario los ha multiplicado. Obviamente dejando mejores ganancias para aquellos vivales que aprovechan para hacer negocio con el tema de moda.

Pese a la supuesta influencia del materialismo histórico en México a mediados del siglo XX, lo cierto es que en realidad ni el conjunto del desarrollo patrio ni menos el movimiento de independencia han tenido una explicación científica, se omite el análisis de clase. A lo que se reducen los supuestos estudios marxistas y estructuralistas sobre el tema es a emplear una jerigonza radicaloide, que en realidad está mal empleada y vacía toda clase de contenidos a los conceptos. Muestra de ello son los trabajos que se han publicado en la historiografía mexicana. Incluso trabajos tan completos como la Historia General de México, editada por el Colegio de México, carecen de una interpretación materialista. En realidad eso es una verdadera pena, dado que técnicamente muchos de los historiadores en México están bien capacitados técnicamente. Ya a mediados del siglo XIX intelectuales de la talla del conservador Lucas Alamán o del liberal José María Luis Mora habían recopilado una masa documental importante. A tal grado que cada uno tuvo elementos suficientes para justificar sus posiciones políticas.

Comprender el desarrollo de la lucha de clases en México implica desplegar un trabajo de comprensión con base en una perspectiva materialista. Incluyendo el proceso de la independencia. No es la finalidad del presente texto presentar una versión acabada que explique el período de formación nacional. Por el contrario, se trata de abrir una discusión seria que permita construir una explicación materialista del devenir histórico de México, y en particular, de su independencia. Por supuesto que habrá especialistas más versados en los pormenores del período histórico que sean capaces de profundizar más una explicación materialista que, por ese carácter científico, le sea útil a la clase obrera para avanzar en la formación de niveles superiores de consciencia. En oposición a la versión inocua que se ofrece al pueblo desde las instituciones del gobierno.

Por cierto, sobre la concepción que los capitalistas, y en especial sus administradores panistas, difunden a toda hora en todos los medios a su alcance. La banalización del movimiento insurgente refleja las ideas antisociales que emanan la ideología humanista de Acción Nacional. En primer lugar los festejos del supuesto bicentenario de México, que en este año apenas cumpla 189 años de constituido, todos los festejos se centran exclusivamente en la guerra de Independencia. La Revolución de 1910, aunque se menciona su centenario, en realidad ha sido prácticamente excluida de los festejos que organiza la comisión de festejos que organizó la Secretaría de Gobernación y que tiene al frente a José Manuel Villalpando un intelectual del establishment con una larga colección de títulos nobiliarios modernos (académicos), pero cuyo trabajo como profesional de la historia deja mucho que desear. Tampoco se hace la menor referencia a momentos clave como la disputa entre liberales y conservadores por implantar un modelo de nación diametralmente opuesto, disputa que permitió la invasión estadounidense de 1847 y la francesa de 1862-1867. Además, en el discurso oficial del bicentenario la causa es reducida a los personajes sobresalientes, a la vez que estos son igualados hasta el punto en que las diferencias de objetivos desaparecen misteriosamente. Así, se crea la ficción de un Morelos hermanado con un Iturbide por la causa independentista. Una Leona Vicario sin diferencia alguna con Gertrudis Bocanegra.

En cierto sentido tienen razón aquellos que critican la organización de los festejos de los centenarios al decir que justamente este gobierno no tiene ganas de celebrar. No las tiene ni las puede tener porque la ideología con que se ha ido forjando al país tiene dos características completamente contrarias al ser de los panistas: 1) el carácter progresista de los liberalismo triunfante tras las guerras de Reforma y la Revolución Mexicana, y 2) el papel activo (revolucionario) del pueblo en los grandes cambios del país. Aplanar la historia nacional de manera que el pueblo mexicano la olvide sería el gran logro tanto de los panistas como demás neoliberales. Así le sería mucho más sencillo imponer su programa neocolonial de gobierno.

La única alternativa que los trabajadores tenemos para rescatar el proyecto revolucionario de nación. Abriendo al mismo tiempo la posibilidad de conseguir una revolución socialista implica hacer el esfuerzo por generar explicaciones más precisas, científicas; para expandir la conciencia de clase. Ojalá que las presentes notas sean de utilidad para comenzar a construir esa explicación materialista.

Tiempos de Revoluciones Burguesas

Parte de la desactivación de la historia como herramienta cognitiva revolucionaria es el procedimiento de abstraer los hechos. De tal manera se genera la apariencia que cada proceso histórico es absolutamente independiente de otros. El enfoque que se la ha dado en el discurso oficialista a la guerra de Independencia incurre en ese defecto. Cuando más se reconoce como una simple coincidencia que en la misma ocurrieron las guerras de independencia de otras naciones de América Latina como la de Argentina.

Sin embargo es preciso subrayar que la gesta mexicana se inscribió en una etapa de la historia mundial plagada de transformaciones revolucionarias. Por principio de cuentas hay que recordar que las últimas décadas del siglo XVIII y las primeras del XIX fueron tiempos de consolidación de la acumulación originaria del capital. La expansión internacional del mercado inglés, que fue posibilitada por la invención de la máquina de vapor la cual dio pie a la Revolución Industrial, estimuló la codicia de la burguesía mundial. En diversas partes del mundo, al mismo tiempo, rápidamente se desarrollo la contradicción entre la añeja estructura precapitalista y la necesidad de los capitalistas por consolidar un mercado interno, para lo cuál les urgía transformar toda la articulación del Estado. Así fueron posibles procesos tales como la Independencia de las 13 colonias, la Revolución Francesa (véase Memoria Proletaria 12: El revolucionario julio), así mismo las independencias de América Latina (ver Memoria Proletaria 2: Plebe independentista).

En Inglaterra el proceso revolucionario, la Revolución Incruenta fue algo menos violento gracias a que la burguesía había conseguido infiltrar espontáneamente al Parlamento. Sumado a la fragilidad que para entonces ya demostraban tanto la aristocracia nobiliaria como la monarquía. En cambio, en el resto del mundo las luchas revolucionarias tuvieron un gran componente de violencia debido a las resistencias de una clase hegemónica mucho más consolidada y vigorosa.

La Francia de la dinastía Bourbon tenía fuertemente centralizado el control político en el monarca. Mientras la nobleza y el alto clero vivían en una situación de gran privilegio con respecto al resto de la sociedad francesa. Esto contribuyó a que los intentos de la burguesía por desprenderse de los controles políticos que mermaban su capacidad para la libre cumulación de capital requiriesen de una mayor violencia. Algo similar había ocurrido un poco antes durante el movimiento de independencia de las 13 colonias (Estados Unidos) y también sucedió posteriormente en el caso de las colonias que la Europa latinizada mantenía en América.

En todos los casos anteriores el carácter revolucionario no solamente estuvo definido por la bancarrota de las estructuras económicas precapitalistas ni por el colapso de los Estados absolutistas. A esos dos factores es preciso agregar la vitalidad que le infundió a las masas el pensamiento de la Ilustración, el cuál sirvió como teoría revolucionaria.

No se debe olvidar en ningún momento que el resultado de las transformaciones sociales acaecidas en esta época fue la consolidación de los mercados internos de las principales potencias decimonónicas: Francia y Gran Bretaña. Lo que además del esfuerzo por redireccionar las fuerzas productivas nacionales en función de la propiedad privada capitalista: de la integración del mercado, también exigió una mayor actividad comercial con el mercado mundial. Lo que incrementó las posibilidades de hacer fortunas fáciles y rápidas en las demás naciones, lo que terminó propagando las insurrecciones revolucionarias en el mundo.

La vieja España

Si en el siglo XVII la hegemonía española sobre el mundo había sido sepultada con la Guerra de los 30 años y la subsecuente firma de la Paz de Westfalia, el advenimiento del siglo XIX significó el sepulcro definitivo del Imperio Español. El inmenso poderío que durante el siglo XVI erigieron Carlos I (1516-1556) y Felipe II (1556-1598) fue debilitándose con el paso de los siglos hasta que la invasión de Napoleón a España en 1808 le dio la estocada final.

El fallecimiento sin descendencia del rey de España, Carlos II de Habsburgo (mejor conocido como El Hechizado), en 1700 abrió el camino para el ascenso de la dinastía Borbón, emparentada con la realeza francesa, al trono español. El cuarto rey de este linaje, Carlos III (1759-1788), realizó una serie de reformas que pretendían, al igual que en Francia, implementar el despotismo ilustrado. Es decir, una monarquía absolutista pero que basaba su control ideológico en los principios de la filosofía iluminista del siglo XVIII. Dichas reformas fueron conocidas posteriormente como Reformas Borbónicas. El objetivo que se perseguía era impulsar el desarrollo económico del imperio pero centralizando los beneficios en la corona, y concentrar más el poder político en la figura del rey. Sin duda que tales postulados estaban en el camino de modernizar al imperio español. Sin embargo, a la muerte de Carlos III heredó la corona imperial su hijo Carlos IV (1788-1808), quién al enterarse de la Revolución Francesa se atemorizó del pensamiento ilustrado e intentó dar un viraje hacia un gobierno absolutista más conservador.


Carlos III, rey de España de la dinastía Borbón


En términos económicos el resultado fue una nueva época de bonanza en las colonias americanas que servía para financiar a España. Aunque también generó una escalada de la corrupción de los funcionarios reales. Pese a todo, esas condiciones permitieron la conformación de una reducida clase burguesa que, para colmo se caracterizó por ser bastante timorata. Del lado opuesto, los grandes perjudicados fueron los criollos y los comerciantes extranjeros cuyas concesiones fueron revocadas.

En medio de esas condiciones contradictorias de descomposición política y social frente a cierta recomposición económica, es que el imperio español arribó al siglo XIX. La decadencia era patente. Militarmente España ya ni siquiera era la sombra de aquella Armada Invencible de la época de Felipe II, lo que se hizo evidente en la derrota que sufrieron, junto a los franceses, a manos de la marina inglesa en la batalla de Trafalgar en 1805. Era solamente cuestión de tiempo para que la Francia bonapartista se anexase el reino de España.

Castas: organización social en quiebra

La ideología medieval mediante la cuál Carlos I erigió su enorme imperio intercontinental se basó en dos puntales: la superioridad tanto de la pureza de sangre y la del cristianismo católico. Esos elementos habían conseguido unificar a los pueblos españoles para conseguir la expulsión de los moros hacia finales del siglo XV. Por lo que no era extraño que el rey Habsburgo explotase esas ideas para expandir sus dominios y administrar los territorios del nuevo mundo. La promesa real de entregar en recompensa grandes extensiones de terreno con todo y sus recursos, además de la servidumbre para explotarla, fueron incentivo más que suficiente para atraer la codicia de muchos europeos, principalmente blancos de los diversos pueblos españoles aunque no exclusivamente, hacia América. Esa medida semi-feudal tuvo su contraparte en el sometimiento por la fuerza de los pueblos indígenas a regímenes de servidumbre y la reducción a la esclavitud de seres humanos arrancados de su natal África.

Esta jerarquización social práctica produjo que más tarde el mismo mestizaje estuviese sujeto al predominio con base en el origen étnico. Por cierto determinismo geográfico los blancos nacidos en América, criollos, eran concebidos por la corona como inferiores a los originarios de Europa; aunque eso sí, muy superiores al resto de las castas. De ahí en fuera, los mestizos, mulatos, zambos, cambujos, moriscos, albinos, castizos, salta atrás, no te entiendo, tente en el aire, lobos, coyotes y demás; eran relegados socialmente conforme más impura era su cuna.


Cuadro de Castas en la Nueva España


La jerarquización racial pronto tuvo estrecha relación con la estratificación en clases. Muy frecuentemente clase y casta fueron un mismo fenómeno. A tal grado que para muchos historiadores han pasado por alto que conforme la evolución internacional de la economía hacia el capitalismo, aunado a la subsecuente imposibilidad para identificar con precisión la casta de muchos individuos dada la multiplicación de éstas, la correlación casta-clase dejó de operar.

A lo largo del siglo XVIII novohispano, se fue consolidando la burguesía rentista que ya mencioné líneas arriba. La mayor parte de sus integrantes fueron criollos cuya heredad provenía de sus padres peninsulares. Sin embargo, aunque toda esa burguesía era de origen criollo, ni remotamente se puede pensar que todos los criollos fuesen rentistas. Paralelamente se fue conformando una pequeña burguesía entre los profesionistas, actividades que no estaban exclusivamente restringidas a los españoles, también fue ejercida por mestizos como en el caso de José María Morelos y Pavón. Por su parte los gremios artesanales tampoco estaban ceñidos, en la práctica, como actividad exclusiva de una casta, sino que formaban una clase social independientemente de su origen étnico. La corrupción fue otro elemento que desdibujó las ordenanzas administrativas dadas por la corona española sobre las castas.

La contradicción entre la realidad económica y social contra los postulados jurídicos fue otro de los elementos que contribuyó a limitar el desarrollo de las colonias, especialmente de la Nueva España. La concentración del poder político en manos de los realistas peninsulares fue un obstáculo que impidió a los propietarios de las grandes haciendas y minas la posibilidad de incrementar su comercio libremente con Inglaterra y Francia. Al mismo tiempo, la propiedad de la Iglesia sobre una gran cantidad de terrenos, limitaron la capacidad de desarrollar una actividad agropecuaria más sólida. Estos dos factores hicieron escaso e ineficiente la generación e inversión de capitales.

Para los historiadores seguir solamente el camino de la legislación colonial representa incurrir en el mismo error cometido por las autoridades novohispanas.

Nación criolla

La creciente brecha que en la práctica se generó entre las clases sociales y el concepto de castas derivó en una ideología concreta: la identidad criolla. En su ensayo de 1992, Del gachupín al criollo. O de cómo los españoles de México dejaron de serlo, la doctora Solange Alberro argumentó en términos bastante claros la manera en que se fue dando la adaptación práctica de los españoles a las sociedades conquistadas. La exposición cotidiana fue permeando las costumbres traídas desde España. El tiempo de permanencia en la Nueva España, sobretodo a través de las sucesivas generaciones, fue un factor para que esos españoles asumiesen nuevos comportamientos ajustados a la sociedad en que se desarrollaron. Al nacer y hacer su vida en la Nueva España los criollos eran los más claramente expuestos a reproducir e incluso ampliar esas nuevas prácticas.

Otro elemento clave para colocar a los criollos como un segmento decisivo dentro de la sociedad novohispana, pese a ser una minoría en ella, al mismo tiempo que estaba limitada por las ordenanzas imperiales sobre las castas; fue el poder económico que acumularon a lo largo de las décadas. No se olvide que los europeos que llegaron a América para hacer fortuna se apropiaron de diversas tierras. Pero al permanecer durante el resto de sus días usufructuando sus propiedades novohispanas, tenían que hacer su vida en la colonia lo que comúnmente implicaba integrar su propia familia. Los hijos nacidos en América eventualmente heredaron las tierras de sus padres y con ello los medios de vida. La situación privilegiada de esos criollos les facilitó el acceso a un desarrollo cultural-profesional de tipo europeo. Pero, en contraste con esas condiciones ventajosas, la corona los restringió políticamente, lo cuál fue un grave error.

En resumen, los criollos quedaron relegados a un segundo plano social muy alejado de la aristocracia proveniente de Europa. Aunque también muy por encima de la miseria de las masas populares. Limitar las posibilidades de crecimiento personal en términos político-sociales no significó extinguir las aspiraciones de grandeza de muchos criollos. Ante esa relativa marginación de los blancos nacidos en América, éstos tuvieron una reacción muy fuerte: la estructuración de una ideología propia. Ésta fue una combinación de los anhelos de ascenso social y del rescate de ciertos aspectos provenientes de la elite indígena precolombina. Una ideología híbrida que sirvió para distinguir a los criollos de los peninsulares.

Esas formas de pensamiento pronto se fueron infiltrando en el resto de las castas subordinadas de la sociedad novohispana. Así, tanto para bien como para mal esa mezcolanza creada por los europeos nacidos en América es la que forjó la base de la identidad mexicana como pueblo. El culto a la virgen de Guadalupe (traída por el mismo Hernán Cortés y fusionada por los criollos con el culto a la diosa Tonantzin) como patrona de los mexicanos en oposición, el nostálgico encumbramiento del pasado indígena en contraste con el desprecio a los pueblos indígenas contemporáneos, el estilo barroco del habla cotidiano de los mexicanos, e incluso el desarrollo de buena parte de la alta cultura mexicana fueron características creadas por estos criollos novohispanos.

Conspiraciones y guerras criollas

Al retrotraerse a la situación imperante en la España de los primeros años del siglo XIX, nos encontramos con una nación en franca descomposición. El pensamiento absolutista con que pretendían gobernar los Borbón era incompatible con el contexto mundial. El temor a que el fervor revolucionario francés se contagiase al pueblo español condujo a Carlos IV a someterse al imperio Napoleónico como su aliado. Pero en medio de la lucha entre las grandes potencias imperiales: Inglaterra y Francia, quedó exhibida en todo su esplendor la gran debilidad del imperio español. El rey cometió dos grandes errores frente a Napoleón. Primero aceptó las presiones de éste para restituir a Manuel Godoy como Primer Ministro de España y la falta de reformas para modernizar la economía, pues el soberano temía excitar los ánimos revolucionarios del pueblo, tal como había ocurrido en Francia unos años antes.

Godoy firmó, a nombre de Carlos IV, con el emperador francés los Tratados de Fontainebleau en octubre de 1807 para la invasión conjunta de Portugal. Las continuas guerras en que participó España a finales del siglo XVIII e inicios del XIX terminaron por agotar el tesoro real, lo que derivó en una depresión económica española. Ese par de eventos complicó la situación del rey pues unas cuantas semanas después de la firma de los tratados el hijo de Carlos IV, Fernando VII, encabezó la Conjura de El Escorial, pero fue descubierta y el propio Fernando terminó delatando a sus partidarios.

La situación se agravó con el ingreso del ejército francés a tierras españolas so pretexto de estar de paso rumbo a Portugal. El pueblo estaba cada vez más inconforme con Carlos IV, lo que nuevamente intentó aprovechar Fernando VII y sus partidarios. En marzo los fernandistas encabezaron el Motín de Aranjuez. Así como resultado del levantamiento, el 19 de marzo rey abdicó la corona española a favor de su hijo. Además, durante este suceso Manuel Godoy, odiado por el pueblo, fue destituido y encarcelado.

Todo esto ocurría en España mientras Napoleón Bonaparte avanzaba por ese reino con su ejército rumbo a Portugal. Así que decidió aprovechar la situación para apoderarse del reino español. Obligó a las partes en disputa, Carlos IV y Fernando VII, a reunirse con él en Bayona, Francia. El resultado de esas entrevistas, entre abril y mayo de 1808, fue que el emperador francés obligó a los dos contendientes españoles a abdicar a favor del propio Napoleón, quién cedió la corona de España a su hermano mayor, José Bonaparte.

Mientras en Bayona los Borbón ofrecían un espectáculo ridículo al emperador francés, al tiempo que éste se complacía en humillarles reiteradamente, en Madrid el pueblo español se sublevó contra los franceses el 2 de mayo. Las protestas iniciales habían sido aplacadas por el general Joachim Murat, pero las insurrecciones populares continuaron. Ese mismo día, horas después de la represión militar, se firmó el Bando de los alcaldes de Móstoles o Bando de Independencia que dio comienzo a seis años de guerra en la península ibérica por liberar a España del yugo francés.


Francisco de Goya, "Con razón o sin ella", Los desastres de la guerra, 1812-1815. Serie de grabados en torno a la independencia española


Poco a poco se fueron conformando las Juntas de Gobierno en varias ciudades españolas, e incluso en las americanas (como la convocada por Francisco Primo de Verdad en la Ciudad de México). El objetivo era que a través de estos organismos provisionales se resguardase la soberanía española al concentrar las funciones legislativas y ejecutivas. Para septiembre de aquel 1808 las Juntas Locales conformaron la Junta Suprema Central y Gubernativa del Reino como órgano de gobierno de los independentistas españoles. Más tarde, en 1810 dicha Junta dio origen al Consejo de Regencia de España e Indias y posteriormente a las Cortes de Cádiz de dónde surgió la Constitución de 1812.

Para formalizar su reinado español el bonapartismo promulgó una Constitución para la península ibérica basada en la Carta Magna francesa, el Estatuto de Bayona que fue promulgado el 8 de julio de 1808. Pese a ser un documento que sustentaba los principios de la Ilustración, ni el reinado de Pepe Botella (apodo que los españoles le dieron a José Bonaparte) ni la pepa (como se denominaban al Estatuto) fueron suficientes para allegarse el apoyo ni de las clases populares ni de la mayoría de los ilustrados. Más allá del reducido grupo de afrancesados la oposición a la monarquía bonapartista fue abrumadora en España. Era evidente que los métodos napoleónicos estaban en contradicción con el discurso de la revolución francesa.

La guerra de independencia española fue un elementó que obligó a los súbditos de la corona hispana a desarrollar nuevas ideas sobre el tipo de nación que requerían. En las colonias americanas los criollos descubrieron que era el momento para conseguir que el reino les concediese la autonomía para ejercer un gobierno más eficiente. Sin embargo, el predominio de peninsulares partidarios de un realismo sumamente conservador en los puestos de gobierno en las colonias hizo imposible que se concretasen reformas para modernizar la administración de los territorios ultramarinos. Tal negativa aceleró las contradicciones entre criollos y peninsulares. Así para 1809-1810 en todos los virreinatos de la América española estallaron movimientos armados que degeneraron en auténticas guerras por la independencia.

La Nueva España no fue la excepción. Si bien desde el siglo XVI en la Nueva España habían acontecido levantamientos populares que se proponían conseguir la independencia, como el de los negros cimarrones de Veracruz encabezados por Gaspar Yanga entre 1570-1609 o el de los indígenas mayas de la península de Yucatán dirigidos por Jacinto Canek en 1761 o la Rebelión de los machetes en 1799 en que mestizos y mulatos comandados por Pedro Portilla intentaron derrocar al virrey; lo cierto es que en ninguno de los alzamientos previos a 1808 tuvieron participación los criollos.

Las noticias sobre la invasión francesa llegaron a la Nueva España en junio. Dos meses después los síndicos del Ayuntamiento de la Ciudad de México, Francisco Primo de Verdad y Juan Francisco Azcárate (ambos criollos), basados en el principio ilustrado de la soberanía popular, propusieron la conformación de la Junta de México. El rechazo de los peninsulares a tal propuesta estuvo encabezada por el inquisidor Bernardo Prado y Obejero. Pocos días después el virrey José de Iturrigaray se negó a adherir al Virreinato a las Juntas de Sevilla y Oviedo, lo cuál fue interpretado como un respaldo a la propuesta de Primo de Verdad, al tiempo que se le achacaron intenciones separatistas.

Eso degeneró en el golpe de Estado que la noche del 15 de septiembre encabezaron los peninsulares bajo las órdenes del hacendado Gabriel de Yermo, contando con la bendición del arzobispo de México Francisco Xavier de Lizana y Beaumont. El resultado fue la destitución de Iturrigaray, así como la aprehensión de Primo de Verdad, Azcárate y el fraile Melchor de Talamantes. Al día siguiente, 16 de septiembre, tomó posesión como nuevo Virrey el militar octogenario Pedro de Garibay.

Pese al triunfo del conservadurismo peninsular la idea de conformar una Junta soberanista que ejerciese el gobierno en nombre de Fernando VII permaneció latente. En 1809, un grupo de criollos tanto del ejército como del clero formaron la Conjura de Valladolid. Las reuniones ser realizaban en la casa de José María García Obeso, vecino de la ciudad de Valladolid (hoy Morelia). A las reuniones asistían personajes de la talla de José Mariano Michelena, José María Izazaga, Manuel Villalongín, José Nicolás Michelena y Luis Correa. Sin embargo, estos conspiradores fueron descubiertos en diciembre. Se les arrestó, aunque durante el proceso judicial posterior se les terminó liberando a causa de la intervención del, ya para entonces, Virrey Lizana y Beaumont.

Michelena y García Obeso habían entrado en contacto con militares del Regimiento de Dragones de la Reina de San Miguel el Grande, entre ellos se encontraban los capitanes Ignacio Allende y Mariano Abasolo. Al ser descubierta la Conjura de Valladolid estos dos militares tomaron la iniciativa de organizar una nueva conspiración. A ésta pronto se unió el Corregidor de la ciudad de Querétaro, Miguel Domínguez. Una de las diferencia con las tentativas anteriores es que la de 1810 no solamente estaba constituida por militares y clérigos, sino que fue un grupo mucho más heterogéneo, aunque no dejaban de ser criollos.

La Conspiración de Querétaro fue encabezada, originalmente, por el capitán Ignacio Allende y el industrial Ignacio Aldama. También participaron en ésta, el ya mencionado Miguel Domínguez, Josefa Ortiz (esposa del anterior), Miguel Hidalgo (cura del pueblo de Dolores), Juan Aldama (militar hermano de Ignacio), Mariano Abasolo y Mariano Jiménez (ambos militares).

Como es bien sabido también esta conspiración fue descubierta gracias a la delación que hicieron José Mariano Galván y Joaquín Arias. Las autoridades virreinales presionaron al Corregidor para detener a los hermanos González (Epigmenio y Emeterio) comerciantes que participaban en la Conspiración y tenían armas almacenadas en sus casas. La denuncia intimidó al señor Domínguez, pero no a doña Josefa Ortiz quién, pese al intento de su marido por contenerla, consiguió dar aviso a Juan Aldama a través de Ignacio Pérez (alcalde de Querétaro). Unas horas después de recibir la noticia de la delación, Aldama informó al resto de los implicados, incluyendo a Miguel Hidalgo. Los conspiradores se reunieron de manera urgente en la madrugada del 16 de septiembre de 1810. Su decisión fue la de adelantar todos sus planes de insurrección. Hasta ese momento la idea era generar un levantamiento armado para diciembre de ese año en San Juan de los Lagos, Jalisco. Pero ante las circunstancias decidieron convocar al pueblo a tomar las armas en esa misma madrugada.

De esa manera, Miguel Hidalgo llamó a la gente al alzamiento (Grito de Dolores) a la voz de: “¡Viva Fernando VII!, ¡Viva América!, ¡Viva la religión y muera el mal gobierno!”, según lo relatado por el propio Juan Aldama. A partir de ese momento, las características de la insurrección cambiaron diametralmente. Desde 1808 los intentos realizados por introducir cambios políticos en la Nueva España se habían sido desplegados en su totalidad por criollos tanto de la aristocracia como de las incipientes burguesía y pequeña burguesía. Por el contrario, la convocatoria de Dolores fue seguida por integrantes de las clases populares.

El ejército insurgente era una milicia conformada fundamentalmente por campesinos, mineros, artesanos y un reducido número de soldados; de aquí que estuviese pésimamente armado, además de mal entrenado. En cambio, la dirección era netamente de criollos ilustrados, aunque muy mal capacitados para ejercer una dirección político-militar del movimiento. Esa combinación explica porqué al avanzar el ejército insurgente por las poblaciones del Bajío guanajuatense (Celaya, Salamanca, Irapuato y Silao) iba creciendo el temor de las clases acomodadas como resultado de los saqueos y rapiña que la turba realizaba al tomar esas poblaciones. Pero nada se comparó con los acontecimientos posteriores a la toma de Guanajuato, el 28 de septiembre. Cuando el enardecimiento de las clases subsumidas se tradujo en una violencia arrasadora. En ese episodio el intendente Juan Antonio de Riaño fue víctima de las armas insurgentes junto a toda la aristocracia guanajuatense que se refugió en la Alhóndiga de Granaditas.

El terror que los saqueos populares generaron entre los ilustrados, otrora partidarios del levantamiento, quedó retratado por dos testigos directos (vecinos de Guanajuato) que posteriormente destacaron como los más brillantes intelectuales mexicanos del siglo XIX; el conservador Lucas Alamán y el liberal José María Luis Mora. Ambos quedaron horrorizados por la violencia ejercida por el pueblo, lo que los llevó a oponerse a cualquier cosa que condujese a una revolución.


Asalto a la Alhóndiga de Granaditas, grabado de Enrique Olavarría


Pero más allá de reducir la explicación de la situación a un simple acto de salvajismo cometido por las masas, es preciso reconocer que toda forma de odio generado tanto en los individuos como en las sociedades es, en última instancia, un sentimiento generado por las condiciones en que se desenvuelven las clases sociales. Conforme la opresión hacia las clases subsumidas se hace más intolerable a tal grado que la insatisfacción de cada individuo se generaliza. En otras palabras, se universaliza la ausencia de satisfactores personales. Como consecuencia, al repetirse la misma situación en un conjunto amplio, se convierte en una necesidad el hacer justicia por propia mano. Comprender este tipo de necesidades sociales no es algo sencillo ni siquiera en nuestros días, debido a la densa carga moral y la imposibilidad para diferenciar el pensamiento idealista de una concepción científica de los fenómenos sociales. Mucho menos era fácil entender esto en un contexto en que el peso de la moralidad cristiana era mucho más abrumador.

Independientemente de la falta de fuentes fidedignas que nos den luz sobre las consideraciones para algunas decisiones que tomaron los insurgentes de esta primera etapa, lo cierto es que la dirección criolla del movimiento no tuvo la capacidad para juzgar con precisión lo que había ocurrido con su ejército. Resulta fútil descifrar los motivos que tuvo Hidalgo para no avanzar sobre la Ciudad de México tras el triunfo insurgente en el Cerro de las Cruces, lo cierto que ni él ni sus compañeros tuvieron la capacidad para entender ni la situación que se había desatado a su alrededor ni a su propia tropa. La candidez sobre los procesos revolucionarios quedó rota para todos los actores. Especialmente para esa incipiente burguesía y pequeña burguesía que aspiraba a materializar los elevados ideales de la ilustración, porque solamente de esa manera los seres humanos podrían alcanzar la espiritualidad más sublime. Los insurgentes de Hidalgo y Allende quedaron atrapados entre la barbarie y la imposibilidad para volver atrás. Pero en lugar de continuar hasta sus últimas consecuencias prefirieron dar pasos atrás con la esperanza de recuperar un poco del sueño quebrado.

Es cierto que la publicación de El Despertador Americano, la abolición de la esclavitud y el abandonar la peregrina idea de reconocer el gobierno de Fernando VII fueron, todos estos elementos, grandes avances para la causa independentista. Sin embargo, el que se hayan dado durante el gobierno que Hidalgo creo que Guadalajara es simplemente un accidente. Tales medidas no solamente eran necesarias, y por tanto, factibles de prosperar en la Ciudad de México, sino que en la capital habrían tenido alcances mucho mayores. Por un lado habría permitido que otras naciones tomasen en serio a la insurrección, pero más importante aún habría tenido influencia objetiva y subjetiva mucho mayor entre las clases oprimidas por el sistema colonial.

Por su parte, la facción que encabezaba el capitán Allende fue la menos capaz para entender el levantamiento popular. Siempre quiso mantener ceñido el movimiento a los intereses de los criollos aristócratas y burgueses. Hasta un realista como Félix María Calleja supo leer de manera más precisa a las masas insurgentes. Para nada fue un accidente que la brutalidad desplegada por las tropas comandadas por este militar (y posteriormente virrey) haya sido tan efectiva para borrar de Guanajuato a las tropas de Allende. Dadas las características de cada ejército la vacilación era un lujo que ninguna de las dos partes podía darse.

Al final de cuentas el resultado quedó a la vista. La derrota insurgente en Puente de Calderón el 17 de enero de 1811, fue el clavo final para la facción dirigida por Hidalgo y Allende. La huída hacia el norte y la aprehensión tras la traición de Ignacio Elizondo en Acatita de Baján, Coahuila (21 de marzo de 1811), fueron un resultado inevitable de la combinación entre falta de claridad e indecisión de los insurgentes.

Sin embargo, Hidalgo, a diferencia de Allende, tuvo también importantes aciertos políticos. Dos de los más trascendentes fueron: el primero fue haber rechazado en la solicitud de Morelos le hizo en Charo el 20 de octubre de 1810 para integrarse como capellán del ejército Insurgente. En lugar de ello, Hidalgo le ordenó al cura de Carácuaro que levantase un ejército en el sur, cuya misión sería la de apoderarse del control del comercio proveniente de Acapulco a donde arribaba la Nao de China. El segundo fue designar a Ignacio López Rayón como jefe de la insurgencia y enviarle de regreso a Michoacán tras la toma realista de Guadalajara.

Esos movimientos garantizaron que la lucha independentista perdurase más allá del 30 de julio de 1811 cuando Hidalgo fue fusilado en Chihuahua por los realistas. Poco más de un mes antes Allende, Aldama y Jiménez habían corrido la misma suerte en aquella ciudad.

La guerra popular

Morelos

Pese a carecer de una formación académica tan completa como la de la burguesía, al involucrarse en la insurrección independentista, las clases subsumidas, supieron encausar con más habilidad al movimiento. En especial la incipiente pequeña burguesía mestiza. El ejemplo más palpable de esto fue el papel que desempeñó el movimiento de José María Morelos y Pavón, cura del poblado michoacano de Carácuaro, al darle un contenido político más profundo a la causa independentista al tiempo que desplegó las mejores campañas militares del bando insurgente.

A diferencia del grupo encabezado por los conspiradores de Querétaro, el grupo que ejercía las funciones de dirección en el grupo insurgente del sur, estaba conformado por personajes más ligados a las clases populares. Pequeños comerciantes, profesionistas más ligados al grueso de la sociedad, militares y clérigos de bajo grado; en una palabra una pequeña burguesía aún incipiente que pese a carecer de una conciencia de clase, al menos tenía claridad sobre sus intereses inmediatos como grupo social. Prioridades que no solamente se esclarecieron para su uso personal sino que consiguieron que fuesen asimiladas por el resto de las masas revolucionarias. Eso contrastó con la incapacidad del grupo dirigente de la primera oleada independentista, que fue más ingenua al anteponer ideales a sus necesidades como clase.

Morelos, pese a su menor instrucción académica, fue suficientemente sensible para comprender que el movimiento insurgente requeriría tanto ganar las batallas en términos militares como vencer al enemigo en el escabroso terreno de la política. En uno Morelos encontró personajes con una capacidad extraordinaria para tomar la ofensiva. Los casos de Hermenegildo Galeana (hacendado), Mariano Matamoros (sacerdote), Vicente Guerrero (arriero) o Guadalupe Victoria (abogado) son claros ejemplos del tipo de cabeza militar que tenía el grupo bajo las órdenes de Morelos. Pero esta estructura bélica se complementaba de manera perfecta con los grandes personajes que terrenalizaron en términos políticos la lucha de los insurgentes. El papel desempeñado por Nicolás Bravo (hacendado), Andrés Quintana Roo (abogado), Carlos María de Bustamante (periodista), José María Licéaga (médico) o José María Cos (sacerdote) fue el de concretar lo ganado por las armas de modo que el apoyo social creciese en pos de la consecución de la independencia.

Sin duda uno de los personajes que más influyeron en Morelos fue el abogado Ignacio López Rayón, quién se había quedado con el mando de la Junta de Zitácuaro cuando Hidalgo, Allende y compañía marcharon hacia el norte. Para abril de 1812 había elaborado un documento denominado Elementos Constitucionales que era la base para elaborar una Carta Magna para México como nación independiente. En más de un sentido este proyecto fue la respuesta a la Constitución de Cádiz, que había sido promulgada un mes antes por las Cortes Generales. La importancia del documento de López Rayón estribaba en que la Constitución española tenía un carácter liberal muy fuete para su época. Sin duda que para muchos criollos ilustrados que pretendían mantener su reconocimiento al reinado de Fernando VII, la de Cádiz era una gran salida. Por tanto el movimiento insurgente se habría debilitado.

Como General de los ejércitos americanos para la conquista y nuevo gobierno de las provincias del sur, Morelos supo reconocer en el texto redactado por López Rayón, una magnífica arma para avanzar en la independencia de la Nueva España. Así que le dio cuerpo a la iniciativa y la puso en práctica lo antes posible. Para el 13 de septiembre de 1813 se inauguró el Congreso de Chilpancingo o Congreso de Anáhuac que tenía por misión elaborar una Constitución para la nueva nación. Al día siguiente Morelos sometió a la decisión del pleno su documento Sentimientos de la Nación en que se le da un contenido más claro a la lucha insurgente. Con base en los textos de López Rayón y Morelos el Congreso elaboró la Constitución de Apatzingán, también conocida como Decreto Constitucional para la Libertad de la América Mexicana, promulgada el 22 de octubre de 1814.


Una sesión del Congreso de Anáhuac


En términos políticos tales movimientos consiguieron neutralizar los efectos negativos que la constitución liberal de Cádiz hubiera podido tener en el movimiento independentista de la Nueva España. Ello fue complementado con las brillantes campañas que Morelos y sus lugartenientes desplegaron por el centro y sur del país.

Sin embargo, la empresa por obtener la independencia de la América Mexicana requería de un gran esfuerzo. Poco a poco el movimiento se fue desgastando, en parte por los años transcurridos en medio de una guerra muy violenta. En parte por la misma reorganización de los realistas que para 1813 tenían un nuevo Virrey, el General Brigadier Félix María Calleja. Éste tomó una serie de medidas que poco a poco fueron cerrándoles los espacios políticos a los insurgentes, además de tener bajo su mando un gran apoyo militar en manos del Comandante Agustín de Iturbide. Éste consiguió derrotar a las fuerzas de Morelos en 1815, pues ya para entonces los franceses habían sido expulsados de España por lo que la corona pudo enviar refuerzos al bando realista, además las fuerzas insurgentes estaban debilitadas por las derrotas (y muertes) que sufrieron los dos principales lugartenientes de Morelos: Mariano Matamoros (febrero de 1814) y Hermenegildo Galeana (junio de 1814).

La persecución que los realistas, comandados por Iturbide, habían arreciado contra Morelos en marzo de 1815 se combinó con las crecientes pugnas al interior del Congreso de Chilpancingo. Así, el 5 de noviembre de ese año el autodenominado Siervo de la Nación fue apresado en Tezmalaca, Puebla, mientras escoltaba al Congreso a Tehuacán dónde se establecería. El prisionero fue conducido a la Ciudad de México donde fue enjuiciado tanto por la Real Audiencia como por la Inquisición. Finalmente el 22 de diciembre Morelos fue trasladado al poblado de San Cristóbal Ecatepec para ser fusilado ese mismo día.

Guerrillas

En la historiografía oficial la ejecución de Morelos suponía una fase de declive o franca extinción del movimiento insurgente. La base material de tal afirmación estuvo en que a partir de ese momento la influencia política fue menos llamativa. No solamente porque los más destacados personajes del Congreso de Chilpancingo se vieron forzados a dedicar todo su tiempo a defenderse militarmente del ejército realista. Sino también porque el reestablecimiento de la monarquía Borbón, con el regreso de Fernando VII al trono español llenó el vacío de poder que se había con la invasión de Napoleón. Así también debido al distanciamiento que se había creado entre los caudillos insurgentes.

Esas condiciones hicieron que todos los esfuerzos políticos y militares de los insurgentes se desplegasen en pequeña escala, solamente en las regiones en que operaban sus respectivas guerrillas. Faltó una concepción unificadora que articulase un movimiento nacional.

Los más de 20,000 combatientes que se calcula siguieron participando en la guerra de guerrillas entre 1815-1820 quedaron dispersos bajo el mando de caudillos que no salían más allá de su zona de influencia. En parte porque políticamente consiguieron afianzar su posición lo suficiente para impedir que los ejércitos realistas entrasen en esas comunidades. Pero más lejos de ellas la cosa era distinta, pues los ejércitos coloniales mantenían el control sobre el territorio de la Nueva España. Las tres organizaciones guerrilleras más importantes del período demuestran lo dicho: Vicente Guerrero en la sierra del sur, Nicolás Bravo en los alrededores de Zitácuaro, Michoacán y Guadalupe Victoria en lo alrededores de Xalapa, Veracruz. En cada caso los jefes militares consiguieron desplegar una actividad política en la región que les granjeó el respaldo de las comunidades, aunque no fue suficiente para reintegrar un organismo nacional.

El intento más serie de integración lo realizaron el vasco Francisco Xavier Mina junto al padre Fray Servando Teresa de Mier. Mina era un liberal nacido en Navarra que combatió contra los franceses pero que tras la reimplantación de la monarquía absolutista de Fernando VII tuvo que huir de España. Al conocer en Londres al padre Mier se decidió a involucrarse en la independencia de la Nueva España, pues esta era también una lucha contra el absolutismo Borbón. La expedición encabezada por el liberal vasco y el sacerdote dominico desembarcó en Soto la Marina, (actual estado de Tamaulipas) el 15 de abril de 1817. Tras algunas campañas militares finalmente fue capturado por las tropas realistas en el rancho de El Venadito en Guanajuato, se le proceso y fusiló cerca de Pénjamo. Durante los siete meses que duró su aventura americana, Mina intentó poner en práctica las ideas que había acuñado junto al padre Mier para crear un movimiento unificado. Pero las condiciones no dieron para ello.

La fase denominada como de la Resistencia fue una guerra netamente popular. Desarrollada y dirigida por las clases subsumidas por la aristocracia imperial española. Pero la incipiente pequeña burguesía que encabezó a esos movimientos fue incapaz de ver más allá de sus intereses inmediatos. Aunque resulta mesquino escatimarles a esos grupos guerrillero el gran logro de mantener viva la causa insurgente. Además, resulta claro que pese al discurso oficial de las autoridades virreinales, la desesperación de las milicias realistas por acabar con los alzados era un elemento recurrente sobre todo en el caso del combate contra el “Loco del Sur”. El propio virrey Juan Ruiz de Apodaca ofreció el indulto en 1819 a los caudillos que mantenían firme la insurgencia.

Consumación y traición

En enero de 1920 se dio un nuevo giro proveniente de España. El rey Fernando VII fue obligado por los liberales españoles a firmar la Constitución de Cádiz. Eso ocasionó una gran conmoción en la Nueva España. La aristocracia criolla vio con muy malos ojos tal decisión del monarca. En cambio los criollos burgueses tomaron como propio el triunfo liberal. Para abril los aristócratas encabezados por el sacerdote Matías de Monteagudo comenzaron a realizar una serie de reuniones conspiratorias en el templo de La Profesa en la Ciudad de México. La idea era evitar que en el virreinato entrasen en vigor los lineamientos de la Constitución de Cádiz. Sin embargo su efectividad fue escasa, el virrey Apodaca iba introduciendo gradualmente las estipulaciones constitucionales, por lo que los conspiradores decidieron respaldar el nombramiento de Agustín de Iturbide como Jefe de los Ejércitos del Sur. En unas cuantas semanas Iturbide le dio un giro dramático a la lucha. Para evitar que el poder de la aristocracia criolla se disolviese con las nuevas estipulaciones del imperio, decidió adherirse a la causa independentista al aliarse con Vicente Guerrero en lugar de ser su perseguidor. Por su parte, Guerrero sabía que el objetivo principal de la lucha insurgente era obtener la independencia de España, por lo que las clases populares a las que él representaba debían aliarse con la aristocracia que representaba Iturbide. Esto dio pie a la firma del Plan de Iguala, el 24 de febrero de 1821, en que se estableció el compromiso de Guerrero e Iturbide para luchar por la independencia con base en tres garantías (acuerdos): Religión, Independencia y Unión. El Ejército Trigarante, conformado para defender el Plan de Iguala, consiguió avanzar sobre el realista. En sólo cinco meses se consiguió que el virrey Juan Ruiz de Apodaca renunciase a su cargo.


Bandera del ejército de las Tres Garantías (trigarante)


Las Cortes nombraron a Juan de O’Donojú como el sucesor de Apodaca como virrey. El nuevo funcionario real desembarcó en San Juan de Úlua el 3 de agosto de 1821. Tres semanas después Iturbide se reunió con él en Córdoba, Veracruz. El resultado del encuentro fue la firma de los Tratados de Córdoba el 24 de agosto. Un mes después el ejército Trigarante entró en la Ciudad de México y se firmó el Acta de Independencia el 27 de septiembre de 1821. Con lo que quedó consumado el nacimiento de la nación mexicana.

Sin embargo, es preciso notar que en esta última etapa quedó exhibido el doble rasero empleado por la aristocracia criolla. Éste terminó resolviéndose, ante la amenaza de un gobierno liberal en España, por su talante conservador. La doble traición de Iturbide, tanto a sus compañeros de la Conspiración de La Profesa, primero, como al Imperio español, después, y a la causa independentista, finalmente, es muestra exacta de esa resolución que no es posible ver como algo aislado.