viernes, julio 02, 2010

Memoria Proletaria 12: El revolucionario julio

Introducción

Por una casualidad histórica los dos movimientos revolucionarios emblemáticos del capitalismo acontecieron en el mes de julio. Uno en el año de 1776 y el otro 13 años más tarde, es decir en 1789. En ambos casos se trata de movilizaciones que involucraron al pueblo para derrocar a las añejas estructuras precapitalistas e implantar un régimen nuevo en el mundo. En más de un sentido, los contenidos de este par de revoluciones fueron la consolidación de un mercado interno y la construcción de un Estado basado en los postulados de la Ilustración hasta sus últimas consecuencias. Casi un siglo antes, se había impuesto en Inglaterra un régimen favorable al capitalismo, aunque los postulados ilustrados fueron empleados a penas, debido al incipiente desarrollo que tenían hacia finales del siglo XVII. El despliegue del Siglo de las Luces enriqueció poderosamente el arsenal ideológico de la burguesía fuera de Inglaterra.

Sin embargo, al referirse a estas grandes revoluciones se suele omitir un punto fundamental: el papel que tuvo el pueblo, la sociedad civil a la que se refería Hegel. En los libros de texto escolares, sobretodo en los niveles básicos y medios, se pone el acento en el papel que tuvieron los grandes personajes durante estos procesos revolucionarios. A lo más que se llega es a hablar con desdén de la incivilizada turba, en el caso de la Revolución Francesa.

Partiendo de las bases ya enunciadas, la presente entrega tiene un doble propósito: Hacer una valoración más justa sobre el papel que desempeñaron las clases subsumidas en estos procesos revolucionarios, al tiempo que se revalora el carácter progresista de estas transformaciones burguesas. Aunque, se trata de un abordaje panorámico del tema, pues ambos implican una amplitud que valdría la pena retomar con mayor profundidad en próximas oportunidades.

1. Abriendo brecha

El origen del capitalismo no es mágico ni una espectral aparición. Es, ante todo, un proceso social que se gestó a lo largo de la historia. Para la irrupción del capital como tal, fue preciso que la humanidad desarrollase varios elementos que ahora integran la porción fundamental de los mercados internos. Las primeras aproximaciones a una economía fundamentada en el capital se extinguieron por su propio peso, pues no existía el grado de evolución suficiente de las relaciones sociales, dentro del Imperio Romano, que les permitiesen consolidarse.

Contrariamente, la aparición del régimen feudal implicó un distanciamiento entre las formas económicas dominantes y el perfeccionamiento de los componentes básicos para el capitalismo: dinero, formas de propiedad, división del trabajo, evolución de los medios de trabajo, organización del proceso productivo y estructuración de las clases sociales. Sin embargo, la aparición del Islam en el Medio Oriente con las subsecuentes Cruzadas lanzadas por los reinos occidentales para recuperar la ruta de la seda y la homologación de las estructuras económico-sociales en la Europa cristiana de la Edad Media orillaron al perfeccionamiento de dos elementos importantes, aunque no decisivos, el comercio y los mecanismos financieros.

Al ser el feudalismo un modo de producción que prioriza las actividades de subsistencia era consecuente que las zonas rurales cobrasen mucha mayor importancia que las urbanas. Mientras en las comarcas los siervos tenían la capacidad de suministrar casi todas las necesidades mediante el trabajo de la tierra y la fabricación de sus propios utensilios cotidianos, en las ciudades los gremios artesanales requerían materias primas que no podían producir por si mismos. Más aún, la vida misma en las grandes ciudades era incapaz de obtener todo su sustento. Ello fue un elemento de presión que obligó al desarrollo de mejores formas para el comercio. Por otra parte, las constantes plagas, sequías, inundaciones o pestes que azotaban Europa forzaron a establecer intercambios con pueblos cada vez más lejanos. Ese tipo de comercio exigió generar mecanismos de financiamiento que facilitasen el intercambio reduciendo los riesgos de los viajes: la usura de la banca tuvo un campo fértil para su crecimiento.

No es casual que hayan sido los principales centros comerciales, ubicados principalmente en el norte de la península itálica y en los Países Bajos, los pioneros en experimentar la irrupción de los rentistas. Éstos consiguieron incrementar su poder económico hasta ponerse al nivel de injerencia política que detentaban los señores feudales de sus respectivas zonas. De aquí que familias como los Medici o los Sforza llegasen al extremo de gobernar ciudades como Florencia, Milán o Venecia de los siglos XIV-XVI, por encima de la nobleza de largo linaje. La época denominada como el Renacimiento tuvo su sustento material en el auge del comercio que no solamente encumbró a las principales familias dedicadas a la usura y el tráfico de mercancías, también los reyes se beneficiaron del dinero proveniente de esas actividades. El comercio se convirtió en una actividad de interés prioritario para el Estado, por ello el proteccionismo se instituyó en casi todas las potencias. En cierto sentido esas condiciones se tradujeron en la complicidad estatal para la comisión de los delitos más atroces: España, Portugal, Holanda, Inglaterra y Francia despojaron de su territorio a buena parte de la población nativa de África, América y Asia, Inglaterra Francia y Holanda fomentaron la piratería en las rutas comerciales que comunicaban a Europa con el resto de los continentes. Los ingleses llegaron al extremo de recompensar la osadía corsaria, tal fue el caso de Francis Drake o Walter Raleigh, a quiénes la reina Isabel I les concedió el título de Sir.

Pero las guerras, la debilidad del Estado, el exceso de metales preciosos provenientes de América que comenzaron a circular en Europa, las epidemias, hambrunas y resistencia social a las transformaciones radicales impidieron que los rentistas o burgueses, en el sentido arcaico de la palabra (recuérdese que antiguamente los comerciantes habitaban en las fortalezas que los nobles erigían para protección de las ciudades), consolidasen su poder. El poder comercial aún no trastocaba de manera profunda la estructura de las sociedades, ni siquiera alcanzaba para hacer la conversión del dinero en capital. La suma de esos factores terminó en el estancamiento de potencias como las repúblicas italianas u Holanda.

Por el contrario, Inglaterra consiguió mantener su paso firme hacia la erección de un nuevo modo de producción. Es cierto, que el proceso de la acumulación originaria fue espontáneo, el conocimiento científico de la sociedad era tan limitado que era algo imposible el trazar un plan consciente que tuviese como fin último la implantación del capitalismo.

Una vez que los rentistas ingleses consiguieron el control suficiente sobre la agricultura, desplegaron sus fuerzas hacia los talleres artesanales para establecer algo similar a lo que por entonces se hacía en Holanda: establecer Talleres de Manufactura. El poder económico que Inglaterra obtuvo de ese cambio fue suficiente para endurecer su colonización sobre Escocia e Irlanda, pero también para subyugar a un gran imperio en decadencia, Portugal.

La combinación de acontecimientos aunado a la manera en que el proceso de acumulación originaria se estaba consolidando en la Gran Bretaña. Resultado de eso fue la incorporación de los rentistas a la nobleza, mediante la compra de títulos, e incluso comenzaron a alcanzar escaños en el Parlamento. No obstante, hasta el punto referido, todavía el capital no era el elemento determinante en la estructura social, los mercados ingleses seguían sin concretar el nacimiento del mercado interno que dictase la organización de la economía británica. El mayor obstáculo estaba en que se llegó al punto en que la vigencia de leyes feudales impedía que las fuerzas productivas continuasen su paso hacia el capitalismo.

2. Reacomodos

Comúnmente se toma al proceso de acumulación originaria de Inglaterra como el modelo a seguir debido a que en él cada una de las respectivas etapas de desarrollo de las fuerzas productivas se fue desplegando hasta sus últimas consecuencias. Esa parte contrasta de manera diametral con la transformación política de su régimen. El mismo elemento que posibilitó el ascenso de la burguesía hacia un régimen capitalista fue el mismo que impidió un cambio político radical: las guerras que erosionaron el poder de los señores feudales. Los gastos que éstos debían realizar para sustentar a sus ejércitos no se reducían a la compra de armamento, también debían sufragar la manutención del pueblo, situación que favoreció al comercio. Los rentistas ingleses no solamente aprovecharon para arrendarle la tierra a sus dueños con la finalidad de explotarla mejor ni se limitaron a reorganizar los talleres artesanales, como se mencionó arriba, sino que se arrogaron una gran capacidad política aprovechándose de las deudas que la nobleza había adquirido con ellos.

Sin embargo, para el siglo XVII la concentración de poder en las personas de los rentistas se había hecho lo suficientemente grande como para que éstos exigiesen su derecho a imponer leyes. El debilitamiento económico de la nobleza inglesa impidió el establecimiento del absolutismo, lo cuál no significa que no se haya intentado. El gobierno de Carlos I (1625-1645) fracasó repetidamente en sus intentos por someter a Escocia, lo que le ocasionó problemas para mantener su hegemonía. Una solución que intentó el rey fue la reinstauración del Parlamento, pero la mayoría de éste fue ganado por los rentistas que impulsaban intereses muy distintos a los de la realeza. Esa confrontación de objetivos fue motivo para la disolución de la asamblea. A este primer intento parlamentario de 1640 se le conoció como Parlamento Corto debido a su poca duración. Sin embargo, las derrotas en Escocia continuaron, por lo que Carlos I debió recurrir nuevamente a la instalación del Parlamento con la finalidad de asegurar la solvencia económica de la corona inglesa. Las penurias del reino fueron concretadas políticamente por los parlamentarios encabezados por los rentistas. Consiguieron que Carlos I perdiese la capacidad política para disolver la Asamblea, a partir de ese momento solamente el propio órgano podría decretar su supresión mediante el acuerdo interno.

El Parlamento Largo (1640-1653) entró en conflicto con Carlos I debido a las tendencias absolutistas con que éste pretendía ejercer el gobierno, cosa que le fue impedida. La tensión fue en aumento hasta que en 1642 se desencadenó la rebelión parlamentaria que terminaría tres años después con el derrocamiento del rey, la abolición de la monarquía y la instauración de la República inglesa o Commonwealth. Para reorganizar al Estado se nombró como jefe del Parlamento a Oliver Cromwell quién representaba los intereses de los rentistas y al poco tiempo logró expulsar a los representantes de la nobleza y al partido igualitario, que promovía la devolución de las tierras comunales a los campesinos así como un reparto equitativo de la riqueza.

Con el campo despejado, los partidarios de Cromwell aprobaron la ejecución de Carlos I en 1649 y el nombramiento de su jefe como Lord Protector en 1653, cargo que equivalía al de dictador. Aunque sin duda el avance más trascendental del Parlamento Largo fue la creación del Acta de Navegación que obligaba a realizar el comercio inglés en buques de esa misma nacionalidad, lo que permitió el desarrollo de una poderosa flota mercante que posteriormente se complementaría con una armada. Mientras Inglaterra se encaminaba hacia la hegemonía marítima, en detrimento de Holanda, Cromwell disolvió al Parlamento y condujo a la república a una serie de victorias militares que incluyeron a Irlanda, Escocia y los Países Bajos.

La dureza con la que ejerció el gobierno hizo que el Lord Protector se volviese alguien despreciable para la sociedad inglesa del siglo XVII. Tras su fallecimiento en 1658 fue sucedido por su hijo Ricardo Cromwell, pero careció de la firmeza para ejercer el cargo, lo que dio pie al retorno de la monarquía. En 1660 Carlos II asumió el trono de Inglaterra e implementó una serie de medidas que pretendían devolver al reino el absolutismo perdido.

La reacción de los rentistas no fue tan severa en principio, pues el rey se cuidó de presionar más de la cuenta al Parlamento, además el recuerdo de la Commonwealth aún estaba muy fresco en la memoria. El problema vino cuando Carlos II fue sucedido por su hermano Jacobo II en 1685. A éste se le ocurrió reimponer el culto católico como oficial para el Reino Unido, cosa que desató la ira de la sociedad inglesa, pero particularmente del Parlamento encabezado por los rentistas. Así, el monarca fue desconocido por el pleno y se le ofreció la corona de Inglaterra al yerno del propio Jacobo II, Guillermo de Orange, quién detentaba el cargo de Estatúder de Holanda. El rey derrocado abandonó la Gran Bretaña por lo que el Parlamento procedió a coronar al rey Guillermo III y a la reina María I como legítimos soberanos del Reino Unido. Aunque para asegurarse que la tentación absolutista se hiciese nuevamente realidad, obligaron a la realiza a firmar el Bill of Rights, en la cuál se le cedió plenamente a las Cámaras Parlamentarias la facultad de elaborar las leyes que rigiesen sobre todo el imperio británico. Al episodio referido se le conoció como la Revolución Gloriosa o también como Revolución Incruenta, dado que la violencia fue casi nula, salvo algunos enfrentamientos entre facciones en Escocia.

Apareció así, la primer Monarquía Parlamentaria o Monarquía Constitucional, que ciertamente mantuvo parte del viejo sistema político, pero les entregó a los rentistas la facultad de transformar las leyes. Eso fue muy bien aprovechado por la burguesía posterior, así que para comienzos del siglo XVIII Inglaterra fue la primera nación del orbe en consolidar un mercado interno y con ello al capitalismo como el modo de producción dominante. En otras palabras, nominalmente la monarquía era la institución gobernante, pero en los hechos los capitalistas le expropiaron el poder. Poco a poco se fue estructurando el marco legal que el capital requería para su triunfo definitivo. La protección del Estado se trocó en el libre mercado que el escocés Adam Smith propuso a menos de un siglo después de la Revolución Incruenta.

3. Nueva Inglaterra independiente

Si bien la revolución inglesa implicó un cambio radical que consolidó al capitalismo al interior del imperio británico, la tendencia de éste a dominar el mercado mundial todavía requería desarrollar dos elementos fundamentales. El primero era perfeccionar los medios de producción lo suficiente como para que se erigiesen mercados internos mediante la subsunción de las producciones locales a las necesidades de un ente central; la invención de la máquina de vapor y la subsecuente Revolución Industrial fue el proceso que consiguió el efecto requerido por el capital. El segundo elemento que hacía falta era madurar formas de Estado que pudiesen universalizarse. La evolución del pensamiento durante el llamado Siglo de las Luces abonó muchos elementos para la estructuración de una organización política más acorde a las necesidades del capital fuera de Inglaterra.

Sin embargo, ninguno de los ilustrados tuvo la oportunidad de vivir lo suficiente para llevar a la práctica sus teorías sobre el nuevo Estado.

Más allá de Inglaterra, las revoluciones burguesas continuaron en América. Más exactamente en las colonias inglesas en la parte norte del continente. La Nueva Inglaterra estaba conformada por trece entidades, a saber: New Hampshire, Massachussets Bay, Connecticut, Rhode Island and Providence Plantations, New York, Pennsylvania, New Jersey, Maryland, Delaware, Virginia, North Carolina, South Carolina y Georgia, pero cada una de ellas estaba separada administrativamente de las demás.

La costa atlántica de Norte América fue colonizada por los ingleses desde comienzos del siglo XVII. Las persecuciones religiosas en Europa representaron un flujo considerable de migrantes que llegaban a los nuevos territorios huyendo de la intolerancia. Aunque el predominio era inglés, también llegaron a las 13 colonias personas provenientes de Escocia, Irlanda, Países Bajos, Francia y Alemania. De forma contrastante, en las cuatro colonias del sureñas la migración tuvo un rasgo distinto, la colonización fue encabezada por aristócratas terratenientes que explotaron cultivos de tabaco, maíz, caña de azúcar y algodón. Debido a esa conformación económica el grueso de la población en el sur estuvo conformado por esclavos negros llevados desde África, aunque también abundaban los blancos pobres que subsistían brindando los servicios complementarios de las grandes plantaciones.

Mapa de las 13 colonias inglesas en América

A diferencia de las colonias inglesas en el Caribe, la Nueva Inglaterra estuvo obligada a organizarse con mayor autonomía, pues al no ser base de los grupos de corsarios que saqueaban los barcos provenientes de las colonias españolas y portuguesas, la corona no les tomaba tanta atención. En cambio, los moradores de las 13 colonias colaboraban activamente con las necesidades de la metrópoli. En varias oportunidades la confrontación entre Inglaterra y Francia se trasladaron hacia América. Los colonos de Nueva Inglaterra disputaron territorios en contra de los franceses de Quebec en el norte, así como los del occidente y sur en el área de la Louisiana. Esa dinámica fue la que imperó en la Guerra de los Siete Años (1756-1763). Mientras la armada inglesa, a un costo muy alto, derrotaba a la francesa en Europa, los colonos consiguieron la victoria en el valle del Missisipi. Sin embargo, la corona británica no consideró necesario retribuir el esfuerzo de los americanos, negándose a entregarles la posesión sobre el territorio ganado.

El desdén del gobierno imperial por los asuntos de la Nueva Inglaterra fue más allá. Para resarcir los recursos dilapidados con motivo de la guerra, el gobierno británico lee impuso a los norteamericanos una serie de mediadas que las afectaban en su desempeño económico. Además del incremento de los impuestos, se proclamaron leyes que limitaban a la industria y que restringieron el comercio a la relación entre la metrópoli y las colonias.

Para mediados del siglo XVIII la sociedad de Nueva Inglaterra se había erigido con base planteamientos de la Ilustración. Si bien la aristocracia era el sector predominante, ello no fue obstáculo para que los preceptos filosóficos de la época se extendiesen en las colonias. La bonanza económica, resultado de la libertad comercial que les dio la relativa autonomía política, aunado a la tradición cultural de los inmigrantes europeos, casi todos traían la formación del cristianismo protestante que les exigía saber leer para estudiar la Biblia, fueron elementos que se concretaron en el desarrollo de un sistema educativo que incluía la formación de profesionistas en instituciones universitarias. Esa urgencia por el conocimiento fue la base para que el pensamiento ilustrado se retomase en Nueva Inglaterra. Además del desarrollo intelectual que se alcanzó gracias a las universidades que se habían fundado en las colonias inglesas, el liberalismo también fue llevado por las sectas masónicas que llegaron desde Inglaterra. Incluso, en las 13 colonias surgió una variante propia, el rito Yorkino.

Cuando la opresión ejercida por la corona se hizo más pesada, el descontento del pueblo colonial se fue haciendo cada vez más agudo. La aristocracia ilustrada se halló con condiciones propicias para ampliar sus privilegios dentro del imperio. La conclusión a la que llegaron los dirigentes políticos de la Nueva Inglaterra fue que las imposiciones eran el producto de la carencia de representantes directos de las colonias en América ante el Parlamento.

La reacción en Inglaterra ante la agitación fue la reducción de las medidas que perjudicaban la economía de sus territorios americanos. Aunque la negativa para aceptar parlamentarios de ultramar fue rotunda. La contrarréplica de los colonos fue dura: éstos ya habían desarrollado una clara consciencia de sus necesidades políticas. Conforme el gobierno inglés cerraba los espacios, la violencia se fue agudizando. Para 1773 llegaron al extremo de arruinar un cargamento de té que estaba anclado en la bahía de Boston, hecho que se conoció como la Fiesta del Té de Boston, el buque provenía de Inglaterra por lo que se arreció la presencia militar.

En las 13 colonias se tomó la decisión de conformar un organismo propio de representación que unificase las demandas y la lucha contra las imposiciones del imperio. Así, en la ciudad de Filadelfia se conformó en 1774 el primer Congreso Continental. En el mismo año llegó a la Nueva Inglaterra el filósofo inglés Thomas Paine, quién al poco tiempo publicó el folleto Common Sense (El sentido común), en el cuál aboga por la independencia de las colonias americanas. El texto fue bien acogido por la sociedad novo inglesa, así que para el Segundo Congreso Continental, realizado en 1776, los representantes decidieron dar el paso definitivo. Así, el 4 de julio fue firmada la Declaración de Independencia, cuya redacción corrió principalmente a cargo de Thomas Jefferson. La acción tuvo gran aceptación entre los colonos que pronto se prepararon para defenderla, en cambio la corona inglesa envió más tropas para contener la rebelión.

Firma del acta de independencia

La confederación nombró a George Washington como comandante del ejército independentista. La enorme superioridad de la milicia británica en preparación y armamento, apenas lograba ser ligeramente compensada con la disposición del pueblo y al mejor conocimiento del terreno por parte de los insurrectos. La convicción del pueblo norteamericano resistió las embestidas inglesas, aunque en el mar la armada real se mantuvo dominante. La clave estuvo en la capacidad de negociación que la proeza de los independentistas le dio a su representante en Europa, Benjamín Franklin, quién la concretó al obtener de Francia, Holanda y España apoyó militar en contra de Inglaterra. Ese movimiento fue decisivo para el triunfo de las fuerzas insurgentes. Así, en 1783 la corona británica otorgó el reconocimiento de la independencia de los Estados Unidos de América.

Cabe apuntar que al frente de las fuerzas francesas estuvo el marqués Lafayette, en tanto que por el lado español destacó la participación del teniente coronel Francisco de Miranda, nacido en el territorio que hoy es Venezuela. El dato no es menor puesto que ambos personajes tuvieron una destacada participación en sus respectivas naciones: Lafayette contribuyó a que la burguesía conformase la Asamblea Nacional, durante la Revolución Francesa, y Francisco de Miranda fue clave en el movimiento independentista de Venezuela.

Los primeros años de la nueva nación fueron difíciles e incluso la Confederación estuvo a punto de disolverse, pero una vez más el pueblo resistió, lo que representó una presión adicional que obligó a los representantes a alcanzar acuerdos. El resultado fue la promulgación de la Constitución de los Estados Unidos de América el 17 de septiembre de 1787, cuatro años después del final de la guerra y once desde su independencia. La Carta Magna estadounidense estableció una novedosa forma de gobierno: la República Federal.

El gobierno del nuevo Estado estaba organizado con base en los principios del pensamiento ilustrado, por un lado, la unión de los estados partió de la libertad de cada uno para regirse a sí mismo, en consonancia con el ejercicio de la soberanía del pueblo que era cualidad que cada territorio tenía desde la época colonial; y por el otro lado, se aplicó la división de poderes. Los monarcas fueron suprimidos para dar paso a un ejecutivo (encabezado por un presidente) electo por el pueblo, un legislativo conformado por dos cámaras (Senadores y Representantes) cuyos representantes eran electos también por la sociedad y un judicial (conformado por jueces) encargado de hacer contrapeso a los otros dos poderes.

A diferencia de la Revolución Gloriosa, la Independencia de las 13 colonias fue un acontecimiento en el cuál la participación social en el proceso revolucionario tuvo mayor amplitud. En el caso inglés las transformaciones se operaron en las cúpulas políticas, se trató de hacer valer el peso que la burguesía ya había ganado mediante su poder económico. En cambio, en el caso estadounidense fue la misma población colonial la que empuñó las armas para sacudirse el dominio imperial. Aunque no debe perderse de vista que ambos procesos revolucionarios fueron dirigidos completamente por una clase social: la burguesía. Es decir, al asumir su papel histórico como clase dominante, los capitalistas de Norte América, pagaron con la sangre de su pueblo. Desde ese punto de vista el progreso de la independencia tuvo un doble carácter: se fincaron las bases para el sometimiento de los constructores de los EE.UU., en su calidad de trabajadores, al poderío del capital, pero también fue una conquista popular. La mayoría de las escuelas historiográficas ha colaborado con la edificación de una ideología que pontifica la santidad de los personajes como George Washington, Benjamin Franklin, Thomas Jefferson, John Adams y Patrick Henry a quiénes denomina como Padres de la Patria. En contraste se esconde el papel que desempeñó el pueblo. Desde el punto de vista de la clase obrera es preciso valorar la Independencia de las 13 colonias como un avance revolucionario que fue el producto de la combinación del triunfo de las masas con una gran habilidad de la burguesía dirigente.

Grabado alusivo a los combates por la Independencia de EE.UU.

4. Avant la Révolution!

La segunda de las revoluciones que comenzaron en julio fue la francesa. Ésta tuvo una participación del pueblo más clara y destacada. También, por su desarrollo y repercusiones se debe señalar como el modelo más acabado de los movimientos revolucionarios encabezados por la burguesía. Pues si bien al momento de estallar la agitación la acumulación originaria de capital en Francia no tenía los alcances del proceso inglés, si desplegó hasta sus últimas consecuencias todas las ideas ilustradas para la estructuración política de un Estado favorable para el capitalismo.

Al igual que en Inglaterra, el feudalismo en Francia hacia el siglo XVII estaba sumamente debilitado por las guerras, epidemias y hambrunas. Aunque se carecía de rentistas cuya fortuna les sirviese para infiltrar al Estado. En lugar de ello, se fortaleció el régimen monárquico mediante la instauración del absolutismo. Con ello, el vasallaje de la nobleza respecto al rey se hizo más férreo, los grandes señores feudales se dedicaron a una vida de tipo cortesano. Aunque las ideas de la Ilustración, que comenzaron a desarrollarse a finales de ese mismo siglo, aceleraron la erosión de la ideología monárquica.

La salvación, al menos temporal, de L’Ancient Régimen la dinastía Bourbon implantó, en la persona de Luis XIV (1643-1715), también conocido como el Rey Sol, una variante del absolutismo denominada Despotismo Ilustrado. El éxito de esta forma de gobierno animó a otras monarquías europeas a implementarlo, desde Rusia hasta España. Esas condiciones fueron propicias para que las ideas ilustradas continuasen su desarrollo por toda Europa, pero principalmente en Francia.

La combinación entre la evolución del pensamiento y la continuación del derroche del erario francés en las guerras de los déspotas, a lo largo del siglo XVIII, fueron degradando la estabilidad social del reino. Durante el reinado de Luis XV (1715-1774) ocurrió la antes mencionada Guerra de los Siete Años. Además del triunfo inglés, los altos costos para Francia ocasionaron el agotamiento de su erario. La fuerte estructura del gobierno que había legado el bisabuelo Luis XIV, comenzó a agrietarse peligrosamente con las adversidades económicas producidas por la guerra. Poco a poco el descontento de la sociedad francesa se fue traduciendo en protestas que comenzaban a retomar el pensamiento ilustrado más radical.

En aquélla época la conformación social de Francia estaba sustentada en tres clases sociales o estados. El primero era el clero, es decir todas las personas que se agrupaban en torno a la institución de la Iglesia. El Segundo Estado era la nobleza, compuesta por la familia real y todos aquellos favorecidos con títulos nobiliarios. Finalmente estaba el estado llano o Tercer Estado, que en orden jerárquico lo integraban: los burgueses (comerciantes y banqueros), los artesanos, los campesinos y los asalariados. Las dos primeras clases enunciadas gozaban de todos los privilegios, incluyendo la exención tributaria, pese a que los miembros de las capas bajas de éstas llevaban vidas lo suficientemente modestas para confundirse con los integrantes del Tercer Estado.

Al asumir el trono Luis XVI (1774-1792) la situación económica del reino era bastante complicada. Sus ministros de hacienda intentaron aplicar reformas para reestablecer las finanzas. Robert Turgot, en dos ocasiones, y Jacques Necker, en tres, intentaron suprimir las barreras para el comercio dentro de Francia, además de obligar a las dos clases privilegiadas a contribuir con los gastos del Estado. Las reiteradas reticencias a las reformas tributarias fueron la causa de la alternancia en el cargo de Ministro de Hacienda entre ambos banqueros fisiócratas. Lo mejor que consiguieron hacer éstos personajes llegó de manos de Necker, quién consiguió que la banca europea le hiciese un empréstito al reino de Luis XVI. Sin embargo, ese caudal fue empleado por el rey para cobrar venganza de la derrota que Inglaterra le propinó a Francia en la Guerra de los Siete Años: se armó a las tropas francesas que intervinieron en la independencia de los EE.UU.

Para colmo de males, Francia fue azotada en 1786 por una sequía que malogró las cosechas de ese año, e incluso, del siguiente.

Hambriento y endeudado el pueblo francés daba muestras muy claras de estar a punto del estallido social. La puntilla la dio el propio Ancien Régimen. Instruido por el propio Luis XVI, Necker convocó a la reunión de los Estados Generales, una institución parlamentaria surgida durante el medioevo que se encargaba de aprobar los grandes cambios estructurales del reino francés, aunque sus reuniones eran algo excepcional. De hecho, antes de la convocatoria de Luis XVI la reunión precedente de los Estados Generales se había realizado en 1614.

A instancias de una porción de la nobleza, en la que destacó el papel del marqués de Lafayette, que comulgaba con las ideas de la Ilustración, se le abrió la oportunidad a la burguesía para empujar los grandes cambios que requería Francia. Contrario a la usanza de los Estados Generales anteriores, en la convocatoria de los de 1789 se le concedió al Tercer Estado una mayor cantidad de representantes: 600. Por su parte, tanto el clero como la nobleza contaban con 300 diputados para cada clase. Al hecho de tener la mitad de los integrantes, la burguesía también podía agregar a sus ventajas tener las simpatías de una gran porción de los representantes de las capas bajas del clero y la nobleza. Las condiciones para una transformación profunda del régimen estaban dispuestas.

La instalación de los Estados Generales ocurrió el 5 de mayo de 1789. Desde ese momento comenzaron los conflictos entre las facciones. Para los diputados conservadores debía mantenerse la tradición de realizar las votaciones por estamento, esto es, un voto para todo el grupo de representantes de cada clase social. En cambio, los delegados del pueblo exigían que cada uno de los integrantes de la asamblea general pudiese emitir su voto de manera individual. Mientras el procedimiento tradicional favorecía al Ancien Régimen, el segundo garantizaba que la burguesía pudiese concretar su mayoría numérica. Al final se impuso el modo favorable a la preservación de los intereses de la nobleza y el clero.

Ante la falta de posibilidades para aprobar las reformas burguesas, los diputados del Tercer Estado abandonaron las sesiones. Sin embargo, al ser representantes del 96% de la población francesa, los delegados insubordinados no abandonaron el proyecto transformador; reunidos en el edificio del Juego de Pelota se constituyeron como Asamblea Nacional el 17 de junio. A la iniciativa se adhirió una buena parte de los diputados del clero. Para esas alturas, el pleno había acordado continuar las sesiones hasta que se consiguiese elaborar una Constitución que rigiese a Francia.

En primera instancia Luis XVI busca la manera para anular las resoluciones de la Asamblea, pero al ver sus intentos frustrados optó por fingir la aprobación del proceso, e incluso, ordenó a todos los delegados que faltaban a integrarse a los trabajos. Una vez obtenida la venia real se instituyó la Asamblea Constituyente el 9 de julio.

Los planes del rey apuntaban hacia algo completamente distinto. La simulación preparada únicamente tenía el objetivo de preparar soterradamente las condiciones para dar un Golpe de Estado. Dos días después de instalado el órgano legislativo fue anunciada la destitución del ministro Necker. Al mismo tiempo, las tropas más fieles a Luis XVI estaban siendo alistadas para actuar en contra de la Asamblea y contra quién se sublevase.

Cuando el pueblo se percató del movimiento que pretendía realizar el rey, aquél se levantó en armas. Así, el 14 de julio de 1789 la turbamulta, como la llamaban los monarquistas, asaltó la prisión de La Bastilla. Éste era un edificio emblemático para el régimen, pues era común que los disidentes terminasen sus días en ese lugar. A partir de este momento se desató la época del gran miedo, pues al difundirse por el territorio francés la noticia del levantamiento popular, los campesinos siguieron el ejemplo parisino; los castillos feudales fueron tomados con el objetivo de terminar completamente con el régimen feudal. Ante la situación, la nobleza huyó masivamente de Francia, principalmente se refugiaron en la ciudad renana de Koblenz.

Toma de La Bastilla el 14 de julio de 1789

Ante el vacío de poder, el pueblo organiza el gobierno en las ciudades. Surgieron las comunas. La más importante de éstas fue la de París que rápidamente se convirtió en la principal. Ésta forma de organización política se fundaba el criterio democrático más esencial: la elección por voto popular. En ese entorno la agitación política fue intensa. Surgió una forma incipiente de partidos políticos dedicados a difundir su ideología. La creciente agitación social desbordó a las antiguas clases dominantes. Éstas, con el afán de rescatar algo de su hegemonía, decidieron aceptar las demandas de los campesinos. Así, para el 5 de agosto se legalizó la renuncia de los nobles a la mayor parte de sus privilegios. Medida un tanto inútil, pues en los hechos el campesinado ya había abolido las prerrogativas feudales mediante las armas desde el comienzo de la insurrección popular.

Fundamentada en los principios del pensamiento Ilustrado, la Constituyente proclamó el 26 de agosto la Declaración Universal de los Derechos del Hombre y del Ciudadano. La importancia de tal documento radica en que establece como base del nuevo Estado francés los postulados de la igualdad, la libertad, el derecho a la propiedad, a la seguridad y a la insurrección del pueblo cuando el gobierno no cumpla con sus deberes.

Declaración Universal de los Derechos del Hombre y del Ciudadano

La confusión se apoderó del rey, quién no atinó a tomar una decisión sobre la situación. Motivo por el cuál el pueblo volvió a manifestarse masivamente en contra de Luis XVI. Con ese respaldo, para octubre la realiza había quedado completamente supeditada a las decisiones que tomasen los constituyentes. El resultado fue un documento que ultimó definitivamente los resabios de feudalismo al declarar la soberanía única radicada en el pueblo, a éste se le otorga la facultad de elegir a sus representantes y autoridades administrativas mediante el voto. También fijó la división de poderes. El legislativo quedó a cargo de una cámara única integrada por 750 diputados, en tanto que el ejecutivo quedó en manos del rey, a quién se le concedió la posibilidad de vetar leyes, aunque ese derecho podía ser limitado por la Asamblea. En forma paralela los constituyentes establecieron normas para contener al clero al ceñirlo a la autoridad nacional, por encima de los dictados provenientes de los Estados Papales.

La reticencia del rey a aceptar la nueva conformación del Estado llegó al punto de la fuga. En 1791 Luis XVI intentó fugarse de Francia para no tener que firmar la Constitución. El 21 de junio la familia real fue aprehendida en Varennes. Al ser reinstalado en el palacio de las Tullerías, el rey, no tuvo más remedio que reconocer la Carta Magna francesa. Se había instaurado un régimen de Monarquía Parlamentaria similar al que operaba desde un siglo antes en Inglaterra. En términos formales el acuerdo que entró en vigor reconocía el derecho de la realeza para seguir gobernando a Francia, a cambio del poder para que la burguesía crease las leyes más adecuadas para favorecer la acumulación del capital. Un acuerdo de esta envergadura perjudicaba a la nobleza más que al resto de los estamentos, pues le dejó solamente dos alternativas, o sacar provecho de las rentas para incorporarse dentro de la burguesía o desplomarse socialmente. En cualquiera de los dos casos se trataba de la liquidación de la nobleza como tal; que al igual de la inglesa solamente los seguiría siendo en términos simplemente formales.

Dado que Francia ni remotamente estaba cerca de ser Inglaterra, por consiguiente, los rentistas galos carecían del desarrollo alcanzado por los británicos. Además que la nobleza que rodeaba a Luis XVI no estaba dispuesta a dejarse sacrificar pues aún conservaba la suficiente fuerza para oponer resistencia al progreso histórico. El auto-exilio en Renania no fue obstáculo para que los nobles apoyaban todo movimiento que les pareciese antirrevolucionario, incluso fungían como intermediaros con los reinos vecinos para obtener los recursos que atizasen la contrarrevolución.

La tensión detonó en el mes de abril de 1792. El apoyo que Luis XVI recibió del resto de las monarquías europeas derivó en una guerra contra Austria, ésta pronto recibió el apoyo de Prusia y posteriormente el de España, Rusia, Bélgica y los Países Bajos. La situación llegó a su punto más agudo cuando el jefe del ejército pruso, el duque de Brunswick, publicó un manifiesto ordenándole al pueblo de París que acatase las disposiciones de Luis XVI so pena de destruir la ciudad. Eso dejó las cosas muy claras. Detrás de la invasión extranjera estaban el propio rey y la nobleza que pretendían destruir la revolución. En respuesta, el ala radical de la revolución el Club Jacobino tomó por asalto el palacio de las Tullerías, apresó al monarca con toda su familia. Los sans coulottes (sin calzones), que formaban parte de la amplia base popular de los jacobinos, siguió el ejemplo del club político y tomó por asalto las prisiones en las que se hallaban los nobles, alrededor de 1,000 presos sospechosos de participar en la conjura para dar el Golpe de Estado a favor de Luis XVI, fueron asesinados por las masas parisinas.

Sans Coulottes, literalmente sin calzones, se les denominaba así porque las calzoneras era una prenda de lujo que solamente la gente privilegiada podía usar. Los hombres del pueblo en Francia utilizaban pantalones largos.

Una vez que los revolucionarios tomaron el poder, la defensa nacional se organizó. Las desventajas francesas eran grandes, pero el furor revolucionario que inflamaba a un ejército mal vestido, mal armado y peor entrenado fue suficiente para conseguir que el 20 de septiembre de 1792 derrotasen a las tropas prusas en Valmy. Con ello, el triunfo de Francia contra la primera coalición quedó sellado.

La oportunidad para que la nobleza alcanzase un acuerdo que le permitiese subsistir formalmente en armonía con la burguesía se diluyó por la propia obstinación de aquélla. La violenta negativa de la otrora clase dominante sirvió, exclusivamente, para enardecer a los revolucionarios más radicales, los jacobinos. Éstos tenían el objetivo de exterminar cualquier resabio del Ancien Régimen. El fracaso de la invasión extranjera alentada por los nobles franceses hizo que mucha gente adoptase el punto de vista radical.

El mismo día en que los prusos fueron expulsados de Francia, la Asamblea Nacional se proclamó como Convención Nacional. Al día siguiente se proclamó la Primera República Francesa. Inmediatamente se abrieron los trabajos para generar una nueva constitución para subsanar el chasco de la monarquía parlamentaria. Paralelamente se abrió un proceso judicial para castigar a los responsables de la intervención extranjera, como resultado el crimen de alta traición del ciudadano Luis Capeto (a quién en tiempos de la monarquía se le conoció como Luis XVI) fue sancionado con la pena de muerte. La ejecución se llevó a cabo el 21 de enero de 1793 en la Plaza de la Revolución, actualmente conocida como Plaza de la Concordia. La familia real siguió al patriarca en los meses subsecuentes.

Durante los primeros meses de la Convención la mayoría encabezada por los Girondinos hizo valer su hegemonía, pero la facción dirigida por Condorcet careció de la capacidad para poner en orden a la organización económica y social del país. Lo que empeoró cuando las potencias europeas organizaron una nueva coalición en contra de la revolución. Pese a la creación de instancias con poderes especiales para actuar con rapidez, como el Comité de Seguridad General, el Tribunal Revolucionario y el Comité de Salvación Pública, las cosas no mejoraron debido a las vacilaciones de la mayoría girondina.

La indignación popular produjo un nuevo alzamiento, el 2 de junio de 1793 la Comuna de París ocupó masivamente la sede de la Convención, obligó a que fuesen destituidos y arrestados los más destacados dirigentes del Partido Girondino. Así, el control del órgano legislativo fue asumido por el Partido Jacobino que colocó como principal responsable del Comité de Salud Pública (el de mayor importancia) a Maximilien de Robespierre, a quién apodaban el “incorruptible” por su probidad extrema. Durante este período, conocido como el Régimen del Terror, se realizaron los grandes cambios revolucionarios. Por principio de cuentas se promulgó en 1793 una nueva Constitución que incluyó cambios importantes, la República como forma de gobierno, una cámara cuyos miembros se elegían anualmente mediante voto universal, la propiedad privada quedó garantizada, los funcionarios de cada municipio serían electos, se obligaba a la sociedad a dar trabajo y sustento a todos sus miembros, se abandonó el principio de la caridad para promover el de solidaridad social, se creó el sistema métrico decimal para facilitar el comercio y los privilegios feudales fueron suprimidos definitivamente sin indemnizaciones. Como resultado la población urbana tuvo recursos para salir de la miseria, al igual que los campesinos. Éstos se convirtieron en pequeños propietarios rurales, modelo que hasta la fecha opera en Francia pues garantiza la producción de insumos agropecuarios. Gracias a todas esas medias, el entusiasmo revolucionario creció tanto en el pueblo como entre el ejército, lo que permitió un nuevo triunfo en contra de la Coalición.

Maximilien de Robespierre, el Incorruptible

Pese a todos los cambios introducidos por el gobierno jacobino, lo que más se ha destacado de esta etapa de la Revolución Francesa fue la violencia revolucionaria del Régimen del Terror. El orden se impuso mediante la ejecución pública de los sospechosos de traición. Según los estudiosos del período, se calcula que entre 10,000 y 40,000 personas fueron ejecutadas en el año que duró el gobierno jacobino. En su oportunidad Louis-Adolphe Thiers afirmó que fueron 17,000 los ajusticiados por el Terror.

Como llevó dicho, los jacobinos comenzaron consumando las penas de muerte contra la nobleza, pues había traicionado a la revolución al fomentar la intervención de la coalición europea, pero conforme los radicales fueron ganando espacio crecían las listas de sospechosos de estar contra los grandes cambios. Los Sans Coulottes, montañeses y rabiosos ganaban en influencia política sobre la sociedad, por tanto, sobre el gobierno jacobino. Entre estos radicales destacó un periodista llamado Jean Paul Marat, quién publicaba su columna bajo el nombre de El amigo del pueblo. Marat alentaba que las masas tomasen venganza sobre los personeros del Ancien Régimen. Dado que varios de los integrantes del Partido Girondino detentaban títulos nobiliarios, aunque por lo regular de poca monta, se convirtieron en blanco de las acusaciones por traición, llevando a un buen número de estos partidarios a la guillotina. Con la finalidad de dar término a la orgía de sangre, algunos girondinos planearon el asesinato de Marat, hecho que fue consumado por Charlotte Corday el 13 de julio de 1793. La acción resultó contraproducente a los deseos compartidos tanto por nobiliarios como conservadores, pues el terror se exacerbó. Robespierre se enfocó en perseguir a las posiciones extremistas. Rabiosos y jacobinos moderados fueron las siguientes víctimas del Terror. Por un lado, los principales dirigentes de la Comuna de París, Herbert y Roux, quisieron aprovechar la indignación del pueblo ante el homicidio de Marat para exigir una política más enérgica contra la especulación y el culto religioso. Por el otro lado, Danton solicitó detener la revolución para acabar con el Terror y liberalizar el comercio. Estos tres personajes fueron ejecutados por el gobierno de Robespierre. La medida resultó contraproducente, pues la eliminación de estos extremos dejó aislados a los partidarios de Robespierre, además las medidas políticas adoptadas por el Régimen del Terror habían conseguido consolidar el Estado burgués al disipar por completo la posibilidad de una restauración feudal. Cuando el Incorruptible solicitó nuevos poderes extraordinarios para endurecer su persecución contra los elementos corruptos de la Convención, los miembros de ésta lo hicieron arrestar, Golpe de Estado de 9 Termidor según el calendario revolucionario que equivalía al 26 de julio de 1794. Unos días después Robespierre fue ejecutado, dando fin con ello al Terror y al Partido Jacobino que fue proscrito desde ese momento.


El asesinato de Jean Paul Marat, pintado por Jacques-Louis David


Durante el gobierno jacobino no solamente se consiguió afianzar definitivamente una estructura de Estado que garantizó el triunfo del capitalismo. A ese triunfo histórico del pueblo, sociedad civil como la denominaba Hegel, es preciso añadir que fue en ese mismo período de la Revolución Francesa que surgieron los primeros planteamientos socialistas en la persona de Gracchus Babeuf, miembro de la Comuna de París que dio continuidad a la política de los rabiosos, Hebert y Roux.

La Convención Nacional, por su parte, fue dirigida en sus últimos meses por los girondinos. La violencia revolucionaria se relajó, pese a que continuaron las ejecuciones de algunos jacobinos, aunque la mayor parte de éstos simplemente fueron destituidos de sus cargos.

Para 1795 se liquidó la Convención con la promulgación de una nueva Constitución. La República se mantuvo, pero se eliminaron varias de las conquistas populares como el voto universal, nuevamente la riqueza daba acceso al derecho al sufragio. Se eliminaron las restricciones comerciales que impedían la especulación. En la organización del gobierno se instaló un legislativo bicameral integrado por la cámara de los 500 y por la cámara de los ancianos, además el ejecutivo fue repartido en cinco personajes que recibían el título de directores que estaban supeditados a las decisiones del legislativo. La idea era evitar que ocurriese otro gobierno como el de Robespierre.

Sin embargo, la debilidad del directorio metió a Francia en una nueva situación desesperada. Por un lado, la corrupción del gobierno se hizo evidente, lo que sumado a la política de evitar tomar cualquier acción radical produjo condiciones económicas difíciles que llevaron al pueblo a caer nuevamente en la miseria. El descontento no se hizo esperar, a las insurrecciones contrarrevolucionarias (como la de los jóvenes nobles que se sublevaron en 1795, golpe de los señoritos) se agregaron los levantamientos radicales como el de Babeuf, quién fracasó y fue condenado a muerte en 1797. Por el otro lado, la debilidad del gobierno francés fue motivo para la organización de nuevas coaliciones por parte de las potencias europeas en contra de la revolución. Sin embargo, el nacionalismo del pueblo galo que se forjó al calor del proceso revolucionario posibilitó la victoria sobre la coalición. De esas guerras destacó un general por su destreza al plantear estrategias y su habilidad para infundirles bravura a sus soldados. Eso le valió a Napoleón Bonaparte la popularidad suficiente para introducirse a la política, cosa de la que intentaron aprovecharse Emmanuel Sièyes y Roger Ducos al invitarlo a participar en una conjura para dar un Golpe de Estado del cuál saldría un triunvirato. El plan de ambos políticos era utilizar a Napoleón para después dejarlo rezagado, para lo cuál contaban con la inexperiencia de éste en los asuntos del Estado. No obstante, tras el Golpe de Estado de 18 Brumario, equivalente al 9 de noviembre de 1799, con la ayuda del presidente de la Asamblea Nacional, el señor José Bonaparte (hermano de Napoleón), fue el militar corso el que hizo a un lado a los dos expertos políticos franceses.

El largo gobierno bonapartista (1799-1814) fue ambivalente. Resultó tanto la salvación de la revolución como la liquidación de la misma. La salvó en el sentido de haber logrado contener los embates de las coaliciones de potencias europeas, incluso hubo un momento en que convirtió a sus antiguos enemigos en sus aliados. También rescató el proceso revolucionario en el sentido haber logrado extender la ideología del nuevo régimen, e incluso sus instituciones, por el resto de Europa.

Marianne la alegoría de la patria surgida de la Revolución Francesa

La liquidación napoleónica de la revolución se dio en que ciñó el proceso transformador exclusivamente a los límites que le convenían a la nueva clase social predominante: la capitalista. El propio dislate imperial representó un paso importante en ese sentido, pues fue el instrumento mediante el cual se colocó a las clases que aportaron la fuerza motriz a la revolución, bajo el control absoluto de la burguesía. El régimen de Napoleón hizo que los planes de los utopistas por llevar las transformaciones sociales más allá de los límites del capitalismo quedasen cancelados por completo, a pesar de la insistencia posterior de personajes como Fourier u Owen.

En resumen, al igual que en la Independencia de las 13 colonias, el pueblo desempeñó un papel fundamental en la Revolución Francesa. En ambos casos la clase que dirigió el proceso hasta suprimir por completo a su antagonista, una vez cumplida la misión, se volcó a establecer su propia opresión sobre las clases resultantes. Por un lado, suprimió a las que eran resabios del antiguo régimen y por el otro las sintetizó en una nueva sobre la cuál tiene mejores posibilidades para ejercer plenamente su opresión, aunque también le resulta de sumo cuidado: el proletariado.

5. Ni post-modernidad ni hiper-modernidad, simplemente contemporaneidad

La ausencia de claridad en muchos pensadores dedicados a las ciencias sociales ha impedido que los grandes sucesos de las décadas recientes sean mal mesurados. Es común que la trascendencia de varios de ellos se magnifique en demasía. Para contextualizar algunas transformaciones y modificaciones de la conducta social se ha recurrido a inventar conceptos irrelevantes como los de posmodernidad e hipermodernidad. La oferta de esos mercaderes del templo parte de la suposición que el final de la Guerra Fría representa un cambio histórico de la misma relevancia que la Revolución Francesa o la Revolución Industrial. Nada más alejado de la realidad. Parafraseando a Engels, todo lo que ha ocurrido desde 1789 no es otra cosa que la ejecución del testamento revolucionario. En lo fundamental el Estado sigue siendo una estructura que organiza a la sociedad para favorecer la acumulación de capital. Ni los cambios en el modelo de acumulación ni mucho menos los experimentos fallidos del proletariado significan una transformación del modo de producción.

Los acelerados progresos de la ciencia y la tecnología no deben ocultar a nuestra vista que hasta la fecha el elemento del que parte la hegemonía de la burguesía no se ha modificado: la propiedad privada. Los avances en el conocimiento y su respectiva aplicación están condicionados por la forma de propiedad vigente, ello hace que el mejoramiento de los medios de producción apuntale la acumulación capitalista. No se olvide que el introducir nuevas tecnologías que abaraten los costos de producción también tiene por objetivo de mejorar o restituir la tasa de ganancia que obtienen los propietarios, mediante el incremento de la plusvalía relativa.

Pero también el pensamiento liberal surgido de los procesos revolucionarios, estadounidense y francés, le dio una base teórica a la lucha de la nueva clase social, el proletariado, en su lucha contra el capitalismo. La fusión del liberalismo con las necesidades de los trabajadores es una veta que de la que han emanado todas las vertientes del socialismo, incluyendo aquellas que, con el hígado en las manos, critica el concepto de progreso y/o modernidad. Aunque lo que es innegable, es que el rasgo del capitalismo que fundamenta el desarrollo de la sociedad, la propiedad privada, han ocasionado que la ciencia y la tecnología queden como elementos ubicados en el extremo opuesto al de los auténticos artífices del progreso: la clase obrera.

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