El Género
Análisis filosófico del amor
(Primera de dos partes)
Por: Sagandhimeo
INTRODUCCIÓN
El amor es uno de los fenómenos más importantes de la humanidad, pues repercute en la vida de cada individuo, así como en el desarrollo de nuestra sociedad. En esta obra se buscará su genealogía, así como su desarrollo histórico desde una perspectiva dialéctica, donde hombres y mujeres forman parte de un mismo conjunto: el género humano.
1. Origen natural.
Hasta donde sabemos, en el inicio del universo todo estaba sumamente comprimido, después hubo una gran explosión que marcó el origen de todo cuanto somos y nos rodea, desde entonces varias fuerzas como la electromagnética han ejercido una influencia decisiva en el desarrollo de la existencia. El filósofo griego Empédocles intuyó que el movimiento del universo se efectúa entre dos fuerzas: el amor y el odio. En sentido literal esta afirmación resulta injustificada, pues no podemos atribuir características antropomorfas al universo, pero en sentido metafórico estaba en lo cierto: las fuerzas de atracción y repulsión provocaron que las partículas más pequeñas formaran partículas subatómicas, átomos, moléculas y en ultima instancia, vida y amor, entre otras. Esto no significa que podamos reducir la complejidad de tales elementos a fuerzas físicas, sólo evidencia que la materia tiene el potencial para desarrollarse en formaciones infinitamente más complejas.
En el plano biológico las fuerzas de atracción y repulsión impulsaron la reproducción sexual, pues la genética sexuada aumenta las probabilidades de supervivencia en algunas especies, ya que la combinación de ADN que resulta del sexo acelera las mutaciones favorables. Pero este salto cualitativo no se dio repentinamente, sino en procesos sumamente complejos y paulatinos, donde la bisexualidad fisiológica imperó. Este paso de la bisexualidad fisiológica a la formación de dos géneros complementarios no se efectuó radicalmente. En cuestiones externas la mayoría de los mamíferos machos conservan tetillas no desarrolladas y en algunos primates hembra subsiste un pene no desarrollado en el clítoris, el cual es capaz de generar erección y orgasmos sin funciones reproductivas. Esto sugiere que la especie humana no requiere de una dualidad biológica radical para su supervivencia, también evidencia que la sexualidad no es meramente reproductiva, sino que cuando menos posee una función psicológica, como la satisfacción.
Por la misma línea, ninguna diferencia genérica (salvo la estrictamente sexual) es de clase, sino de grado, es decir que hombres y mujeres poseen el mismo potencial humano, aunque en diversa proporción. Por ejemplo, ambos géneros segregan progesterona y testosterona (las hormonas sexuales), pero en diversa medida, lo que hace que el hombre sea ligeramente más competitivo y agresivo y la mujer ligeramente más cooperativa y calmada, la diferencia es tan escasa que cualquier influencia social la anula.
En el plano físico el hombre es ligeramente más fuerte que la mujer y digo ligeramente porque cualquier mujer que se ejercite será más fuerte que un hombre que no lo haga. Por otro lado la mujer se desarrolla biológicamente en función de la reproducción, por lo que la mayor parte de sus energías se concentran en ello. Esto sugiere que hombres y mujeres poseen la misma cantidad de energía fisiológica, pero que el hombre la posee mayoritariamente de manera muscular y la mujer principalmente de forma reproductiva-maternal, todo esto ocurre en tanto la supervivencia obligó a los primates machos durante millones de años a cazar y competir por la comida, mientras las hembras ocuparon sus energías en la maternidad y la recolección de plantas.
La preferencia sexual tampoco está radicalmente polarizada, pues si bien es cierto que en la mayoría de las culturas impera la heterosexualidad, en
Por otra parte, el desarrollo sexual y la convivencia originaron la emotividad en los animales, la cual surgió para favorecer la supervivencia colectiva, esto no ocurre en todos los animales, pues sólo algunos de ellos poseen la complejidad cerebral y la interacción necesaria para desarrollar emotividad, únicamente la poseen los reptiles, aves y mamíferos. En los seres humanos alcanzó tal complejidad que generó el amor. El cual superó la mera atracción sexual y el mero afecto familiar para generar sentimientos de unión de las más diversas formas, como el amor de amigos, el amor a la patria, el amor a la humanidad, a los animales, e incluso el amor a los objetos y a personajes imaginarios. Es decir que el origen del amor es netamente biológico, pero su desarrollo en el humano superó la mera base fisiológica para adquirir la complejidad psicosocial.
En el plano intelectual los estudios cerebrales y psicológicos nunca han mostrado que el hombre sea genéticamente más inteligente que la mujer, pero la cultura y la educación suelen favorecer a los hombres e incluso tienden a inclinarlos a las ciencias exactas, por lo que suele creerse que las mujeres son menos inteligentes, lo que es meramente cultural, pues actualmente las mujeres compiten por los mejores puestos en todas las áreas de la cultura (ciencia, política, arte, filosofía e incluso delincuencia organizada, entre otras).
En el caso del amor de pareja, el enamoramiento parte del instinto de reproducción, donde el organismo nos impulsa a buscar una pareja que posea rasgos asociados a la fertilidad y a la procreación, como un cuerpo sano y fuerte, óptimamente desarrollado y con una personalidad confiable y sólida, entre otras cosas (aunque siempre en comparación a uno mismo, véase mi obra
En caso de encontrar a una persona con las características que requerimos, nuestro organismo reacciona hormonalmente produciendo la sensación de enamoramiento, el cual se estima que dura entre 18 y 30 meses. Luego, si somos capaces de forjar un crecimiento mutuo, el amor perdura más allá del mero enamoramiento, lo cual requiere de un esfuerzo permanente y no de un supuesto destino místico, pues sólo se seguirá amando a la misma persona si se poseen objetivos de vida comunes. Esto ocurre en tanto a la especie le basta un lapso de tiempo breve de enamoramiento para fines reproductivos.
En otras palabras, si el amor estuviera predeterminado ya sea genética o místicamente, bastaría con tener una pareja para poseer un amor permanente, lo que provocaría que perdiera su complejidad e intensidad. Por otra parte, si el amor fuera algo meramente azaroso, amaríamos y odiaríamos a quien fuera y en el momento que fuera, por lo que no podría disfrutarse en toda su amplitud. Por tanto, el amor posee una base natural que suprime la aleatoriedad, pero no está predeterminado, sino que ambos géneros poseen la capacidad de forjar el amor de pareja en un ejercicio de libre autodeterminación, donde el azar y la necesidad forman una unidad dialéctica.
2. Desarrollo histórico
El amor no es el mismo en todos los tiempos y lugares, sino que cada etapa histórica desarrollo su propio tipo de amor, daremos un breve repaso a la historia social.
2.1 Comunidad primitiva. En la prehistoria las relaciones humanas eran muy semejantes a las relaciones entre los animales, pues nuestra madurez social era mínima. Cuando nuestras principales actividades eran recolectoras, y nuestro principal problema era la supervivencia, no había posibilidad de que se desarrollara la cultura, ni de que se ejerciera dominio político, pues apenas había recursos para comer y a veces ni eso. Esa supuesta “Edad de oro” que los griegos añoraban, no es otra cosa que aquélla época en la que la opresión sobre la mujer, la explotación de la naturaleza y del humano eran nulas, pero no porque la humanidad fuera perfecta, sino porque las condiciones materiales eran tan duras que las oportunidades de supervivencia eran escasas.
En tales condiciones la convivencia adoptó una gran diversidad de formas, cabe mencionar que el incesto fue suprimido desde hace millones de años por los primeros primates y otras especies cercanas, pues propiciaba una combinación genética demasiado repetitiva, de modo que surgió una especie de matrimonio colectivo, donde varios hombres y mujeres formaban una sola pareja con hijos comunes, pero ya sin incesto (Engels). La caza, el cultivo y el sedentarismo generaron nuevas formas de convivencia, entre ellos la poliandria (una mujer con varios hombres), donde incluso hubo matriarcados (preponderancia de la autoridad femenina) y la poligamia (un hombre con varias mujeres). En todos estos casos imperó el poliamor, donde el enamoramiento era enfocado en más de una persona. Esto evidencia que tal sentimiento no siempre fue unilateral, sino que su existencia y la estructura de la familia están determinadas históricamente.
2.2 Esclavismo. Cuando la agricultura, la ganadería y las relaciones sociales alcanzaron cierta madurez, se desarrolló la cultura y con ella la civilización, donde la construcción de ciudades y la división del trabajo fueron los factores determinantes para la consolidación de la familia monogámica. En ese sentido, al generarse una producción de recursos superior al mínimo de supervivencia, el hombre aprovechó su fuerza bruta para someter a la mujer, inaugurando así la primera forma de esclavitud. Este acontecimiento no significa que el humano sea malo por naturaleza, sino que su madurez histórica no era suficiente para forjar relaciones equitativas. Por ende, el amor de padres a hijos también toma la forma de autoritarismo, donde la convivencia no puede desarrollarse plenamente, pues el discurso en lugar de permitir el diálogo multilateral tiende a la imposición, lo que también sucede en la actualidad.
Además, algunas especies de primates son monogámicas por naturaleza, pero la nuestra no, esto es evidente históricamente en tanto la monogamia nunca ha imperado, desde su nacimiento ha estado acompañado por la infidelidad (permitida, tolerada o repudiada) de ambos géneros. En tal sentido, así como el exceso de producción permitió al hombre apropiarse más medios de subsistencia de los que necesitaba y así constituir la propiedad privada: sus relaciones familiares adquirieron la misma forma, donde su esposa se convirtió en un objeto más de su riqueza. Por ende, la mujer era esclava física como cualquier otro hombre, o esclava sexual si bien le iba, es decir, esposa y esclava maternal, pues con la falta de métodos anticonceptivos pasaba la mayor parte de su vida procreando y criando a sus hijos. Por tanto, la mujer se veía triplemente oprimida, tanto por su condición de objeto sexual, como por su condición de ama de casa y de madre. Y esta polaridad social propició una degeneración extrema en cuestiones psicológicas, donde se concebía a la mujer como débil, sentimental y tonta. Y el hombre, para mantener su dominio se radicalizó en los aspectos contrarios: la fortaleza física, la dureza emocional y una supuesta razón infalible, entre otras. Esto también propició la homofobia y la ideología de la mujer como un mero complemento del hombre, donde las religiones fueron determinantes.
En ese sentido, algunas religiones sostienen que por designio divino o por naturaleza la mujer es inferior al hombre y que está destinada a servirlo y someterse a él, o que su labor fundamental es la procreación. De este modo la opresión social se fundamenta ideológicamente, sobre el supuesto de que hombres y mujeres poseen una condición estática y predeterminada. En realidad nuestra constitución humana se ha ido construyendo durante miles de años en procesos que implican la transformación de la naturaleza en el humano y del humano en la naturaleza.
2.3 Feudalismo. Con el crecimiento de la agricultura la esclavitud en masa se hizo innecesaria, por lo que emergió la clase servil. En esta etapa el dominio del hombre sobre la mujer se mantuvo, pues incluso la “conquista” sentimental hace referencia a la conquista de los pueblos.
Surge en esta etapa la caballerosidad, donde los caballeros (guerreros a caballo que servían al Rey) poseían tal elegancia que trataban a las mujeres con cierta generosidad. Pero esta actitud, lejos de elevar el rango de las mujeres, remarca la supuesta inferioridad de las mismas, pues consiste en tratarlas como si sus capacidades fueran menores; por ejemplo, abrirles la puerta o acercarles la silla.
Una válvula de escape para tal opresión consistió en el amor cortés. En los cuentos de hadas se muestra a la mujer como una persona inútil que sólo está en la espera de que su príncipe la rescate y vivan felices por siempre. Pero en la realidad los matrimonios eran arreglos político-económicos donde la mujer se casaba involuntariamente, por tanto el único amor que podía encontrar se hallaba en algún aventurero que la complaciera a escondidas, lo que constituía el amor cortés.
La peor discriminación a la mujer en esta época aconteció con la quema de brujas. Aquellas mujeres que no se casaban, practicaban oficios como la herbolaria y no se preocupaban por su aspecto: eran tachadas de brujas. Pues se tenía el prejuicio de que la mujer estaba hecha para servir al hombre, tener hijos, embellecerse y no generar conocimiento alguno; de lo contrario se creía que se habían casado con el diablo y que pervertían a los caballeros. Además, solían ser mujeres que no deseaban ser madres o que practicaban el aborto, de modo que se las quemaba vivas por no cumplir con lo establecido socialmente. La propia mujer contribuye a tal discriminación cuando enfoca su vida en la mera procreación, pues deja de desarrollar su potencial intelectual y social para reducir sus posibilidades a cuestiones biológico-sentimentales. Además, el derecho al aborto constituye el derecho a decidir sobre su propio cuerpo y sobre un posible futuro miserable para el bebé; por lo que al practicarlo prudentemente, se está reconociendo la mayoría de edad de las mujeres para tomar decisiones vitales.
(Continuará…)