domingo, noviembre 22, 2009

Memoria proletaria 4: La revolución del pueblo, la vigencia de octubre de 1917

Con mucha frecuencia los camaradas que aspiramos al triunfo de una revolución encabezada por la clase trabajadora solemos sobrestimar el papel de los grandes dirigentes que encabezaron la revolución rusa de 1917. A Lenin se le considera un santo omnipotente o cuando menos omnisciente. Según sus más fieles apologetas nunca tuvo errores y su único defecto fue el no ser inmortal.

Respecto a León Trotsky (Lev Davidovich Bronstein) y a José Stalin (Iósif Visariónovich Dzhugashvili), ambos resultan polémicos. Según desde el punto de vista del que se les vea serán o los grandes villanos traidores a la revolución o los grandes salvadores de la revolución. Los partidarios de Stalin, los estalinistas, no paran de señalar a Trotsky como un intelectual pequeño-burgués que traicionó a la revolución al pretender revisar la teoría marxista con el propósito de justificar su entronización como sucesor de Lenin. En cambio ven a Stalin como el gran formador de la organización que permitió rescatar la revolución en un solo país.

Por su parte, los trotskistas conciben que la revolución rusa traicionó los ideales del proletariado en el momento en que Stalin ascendió al poder. En grado extremo, plantean que el sucesor de Lenin fue el responsable del derrumbe de la Unión Soviética en 1991, pues al apropiarse para sí mismo del poder se convirtió en un agente de la burguesía. El resultado fue la simulación de un Estado obrero cuando lo que en realidad existía era un Capitalismo de Estado. A cambio de lo anterior, Trotsky siempre fue el personaje que representaba la razón pura. Sin embargo, la envidia burguesa de Stalin, convirtió a aquél en la principal víctima del estalinismo.

Tanto para estalinistas como para trotskistas todos los problemas de organización en el primer experimento por crear un Estado obrero provenían del otro. Así, Lenin nunca fue cuestionado. Gracias a esta forma de comprender la historia de los trabajadores, tanto estalinistas como trotskistas y leninistas consiguieron disipar la nueva forma de concebir la historia para fortalecer el personalismo de los grandes próceres que caracteriza a la historiografía burguesa.

El 7 de noviembre de 1917 (según el calendario gregoriano que ahora predomina en el mundo, 25 de octubre según el calendario juliano) estalló la insurrección de San Petesburgo (Petrogrado), evento decisivo en el triunfo de la revolución bolchevique. Justo en ese momento la revolución menchevique de febrero de 1917, encabezada por Aleksandr Kerénsky, se extinguió definitivamente. Los ocho meses en que los socialdemócratas que pretendían continuar con la política del zar que sacrificaba al pueblo con tal de vencer en la Primera Guerra Mundial, para saldar las deudas de Rusia con Inglaterra y Francia. Kérensky prometió abandonar la política de sacrificio del pueblo ruso para favorecer la reconstrucción de la nación, comenzando por las condiciones de producción alimentaria. No obstante, ya en el poder pronto fue claro que no estaba dispuesto a cumplir con sus promesas. La Revolución de febrero solamente había servido para derrocar al zar, pero colocando en el poder a un personaje decidido a gobernar con formas muy similares.

La Revolución de Octubre fue posible solamente gracias a la actuación del pueblo ruso organizado. Es cierto que personajes de la talla de Lenin encauzaron esa actuación, pero si los mismos trabajadores rusos no hubiesen percibido como una necesidad histórica las propuestas de Vladimir Ilich Ulianov, esta revolución simple y sencillamente no habría sido posible.

En la presentación recomendada es posible apreciar, en las fotografías que la integran, la gran disposición de los trabajadores rusos para hacer triunfar la Revolución de Octubre. Los dirigentes bolcheviques eran arropados por las personas que integraban la clase obrera.

Mucho se ha escrito sobre las huelgas, mítines, piquetes y revueltas que el proletariado realizó en las ciudades. Incluyendo la misma participación de los militares que se solidarizaron con su propia clase en lugar de ser parte de la represión burguesa y de la zarista. Además de las insurrecciones de campesinos, que conformaban el 80% de la población rusa, aunque no necesariamente la porción social que más peso económico tenía.

El primer intento por conformar un Estado obrero, un Estado socialista que superase las deficiencias del capitalismo y le diese acta de defunción a la burguesía, con ello a fenómenos de desigualdad como la explotación y opresión, fracaso de manera estrepitosa en 1991. Sin embargo, es un hecho cada vez más evidente que en varias partes del mundo la instauración de un nuevo Estado obrero, la urgencia por experimentar una nueva forma de organización de la sociedad, va en crecimiento.

Incluso en la propia Rusia, baste con ver en los diarios que el pasado 7 de noviembre las autoridades rusas fueron avisadas de que ese día se organizarían 479 mítines en toda esa nación para conmemorar el 92 aniversario de la Revolución de Octubre. El resultado es que el número de participantes en este tipo de conmemoraciones viene en aumento, al menos en 2009 se reportó que en esos 479 eventos participaron más de 154 mil personas, cifra muy superior a las de la década anterior. Pero esto no solamente ocurre en Rusia, también pasa en toda Europa del Este, las celebraciones por el 20 aniversario de la caída del Muro de Berlín ocultó que viene creciendo el fenómeno de la Ostalgie (neologismo construido a partir de los vocablos alemanes Ost=Este y Nostalgie=nostalgia, es decir nostalgia por el este). Aunque aún muy débiles, son manifestaciones de descontento social por la reimplantación del capitalismo. Con mayor fuerza los experimentos socialistas podrían surgir en otras partes del mundo, especialmente en América Latina. Pero para no cometer los mismos errores en que incurrió el pueblo ruso, es preciso retomar la memoria de la revolución rusa. Se impone la necesidad de realizar en forma colectiva una revisión de la historia de la Revolución de Octubre, así como de las consecuencias que ésta tuvo durante las siete décadas siguientes. Aunque sin sobredimensionar el papel que tuvieron los grandes personajes, los grandes dirigentes, porque hacer eso, sea en sentido positivo o negativo, no hace más que oscurecer el papel que tuvieron los pueblos, la clase trabajadora principalmente.

Por el momento, vale la pena recordar algunas de las formas en que el mundo capitalista concebía la Revolución de Octubre, para tampoco caer en esa forma de maniqueísmo. Al respecto dejamos a los lectores con un interesante documental que produjo Cinematheque Gaumont, como parte de la serie: Les Grands Jours du Siecle. Una visión bastante cargada a mostrar las bondades del capitalismo en forma subrepticia, pero con interesantes imágenes tomadas durante la propia Revolución de Octubre y en la época de ésta.

Documental en cinco partes:

1 comentario:

Casandra dijo...

Nunca será demasiada la insistencia en señalar los peligros del culto a la personalidad. Lo que dices casi al final es importantísimo: tanto cuando demonizamos como cuando santificamos a los "grandes personajes" oscurecemos la acción y la importancia de los pueblos en las revoluciones, pero también en los procesos históricos de más largo alcance y que no son especialmente revolucionarios (a veces pareciera que el pueblo salió a las calles y "despertó", se movió, hizo algo, sólo cuando la situación se hizo más insoportable, y en tiempos menos malos sólo fue contemplador y títere de los grandes personajes, buenos o malos).

Por otro lado: lo que mencionas de la Ostalgie... No tenía idea, pero sin duda no hay que perder de vista esos fenómenos. Hace falta una evaluación de los procesos económicos, políticos y culturales que se han vivido en esos países luego de 1991, ¿no? O bueno, quizá sí lo hay, pero no conozco.

Como sea, tu post me gustó mucho porque me recuerda que algunas cosas como el problema del SME y otros problemas que tenemos acá no están aisladon ni espacial ni temporalmente. Justo lo que hace falta subrayar es la necesidad de mantener viva y fresca la memoria histórica para no volver a meter la pata... o "meter las cuatro", como diría mi madre, jejejeje.
Saludos